Penas y alegrías en tiempo real, multiplicadas hasta el infarto, nos sacuden a diario. "Las malas noticias llegan más temprano", solían repetir nuestros abuelos, y hasta nuestros padres, apuntando más al impacto en los espíritus que a la cuestión temporal de las "malas nuevas". Se puede añadir que las desgracias ganan la batalla por su propio peso, por el drama que conllevan, porque golpean, porque hacen derramar lágrimas. No es resignación, es una señal del universo, aunque las buenas noticias también invadan el mundo provocando sonrisas. En este siglo, el de los hijos y de los nietos, el hombre creó y alimentó las redes sociales para seguir dándoles la razón a aquellos mayores: para que en segundos el corazón de los seres humanos pase sin escalas intermedias de la tristeza a la felicidad. Todo en tiempo real -un concepto que la tecnología impuso- para que las pulsaciones emocionales suban y bajen en un electrocardiograma con un dibujo enloquecido, para que se reniegue y se bendiga a la vida casi al mismo instante, generando una confusión de sensaciones. ¿Qué aconsejarán los cardiólogos? Uno no puede desenchufarse de la realidad, escapar o evadirse de lo que nos rodea; pero el mundo informativamente se achicó para la humanidad. Los sucesos empujan y se filtran por cualquier lado, obligan a prestarles atención, aunque sea de reojo y por sobre el hombro; se imponen y hacen aflorar los sentimientos. Así se festejan las postales de los niños sonriendo con sus regalos, con sus muecas de felicidad que contagian, y la congoja nos gana, hasta maldecir, por la muerte de esos niños a los que la tragedia los sorprende tan temprano. Gozar y sufrir, un sube y baja moderno que golpea el pecho.