Siempre el taxi es un pequeño confesionario. Por lo general es el pasajero el que cuenta un detalle de su vida, que dura lo que el viaje, y de esas historias están llenos los episodios de las "taxicab confessions" televisivas. Pero a veces es el conductor el protagonista. Una vez encontré un cubano (que supuse escapado de Cuba) manejando un taxi; sé que circula uno con un auto con leyendas a favor de Osama Bin Laden; y siempre pienso que cualquier día podría hallar un "mambo taxi" como el de Almodóvar. Y aunque es frecuente que uno se encuentre con choferes que opinan como si nadie supiera como ellos de los políticos y los gobernantes, nunca imaginé que me toparía con un confesor. Él escuchaba por radio a una especie de pastor y tuve curiosidad. "¿Qué escucha?", pregunté. "Ah, es un religioso que habla en contra del ecumenismo", respondió. "¿En contra? y por qué en contra?" "Y... porque relativizan todo y así niegan la esencia de Cristo como el Salvador. Y el que no cree se va al infierno", respondió con voz suave y contundente. "Pero -repliqué-, ¿qué tiene de malo el ecumenismo? Además mucha gente no es que no crea sino que no conoce. Entre los chinos y los indios son como 3.000 millones y tienen otras creencias, ¿no?". "Ah... van a ir todos al infierno". Ya casi vencido y casi llegado a destino (por suerte el viaje era de 13 cuadras) hice una última pregunta: "¿y las buenas personas, aunque sean de otra religión, se van a salvar?" "No. Tienen que creer, si no, se van al infierno", advirtió con voz serena, mientras cobraba el viaje. Al cerrar la puerta pensé que no había hecho falta la penitencia.