EL RESPETO

Somos tan irrespetuosos que ya no nos damos cuenta. Ya lo incorporamos a nuestra forma de vida. Si no tenemos argumentos, los inventamos; todo es por izquierda. Si somos conductores o choferes aplicamos la ley del más fuerte y ni miramos al de la derecha que tendría el paso. Si hacés la cola que por escasez de combustible a veces es de diez vehículos, pestañeaste y ya tenés un oportunista adelante. O alguno que sacó la chapa de persona importante, te atropella y se hace atender. Ni qué decir de las oficinas públicas, de los bancos y de los hospitales: el clientelismo y el amiguismo van de la mano, y por más que hayas pasado toda la noche para conseguir el primer número para que pagues y te atiendan a la hora que les viene en gana, siempre hay dos o tres invisibles del día anterior delante de ti. Pero no nos vayamos lejos: en el almacén de tu barrio hay cuatro o cinco personas esperando y llega "el bobina" en su moto con el escape libre que, a propósito, acelera y larga su frase matadora: "deme un cigarrito suelto, tengo justo". No le importa si a la abuela se le quema el guiso, si el bebé que llora necesita un pañalín o ese laburante que espera su fiambre para seguir yugando. El descarado, antes de irse, manguea fuego faltándoles el respeto a todos. ¿Abolieron esa famosa palabrita que, para que la entendiéramos y la aplicáramos, venía a veces acompañada de un orejazo o de un coscorrón y era llamada respeto? En algún viejo diccionario aún debe figurar.

Francisco Amable Díaz
Pedro G. Sal 1.180
San Miguel de Tucumán