Los políticos deambulan a un paso distinto del que mueve a la sociedad. Mientras los tucumanos aún tienen fresco el trajín electoral de este 2011 que se despide, los dirigentes ya tienen la mirada puesta en 2015. Es como si el mundo de fantasía que crearon a su alrededor tuviese una dinámica propia. Allí confluyen egoísmos, traiciones, lealtades y paranoias.
En la política no hay lugar para disfrutar del éxito o para asimilar el duelo. La volatilidad hace estragos y los hechos se suceden a una velocidad que asusta. Los ejemplos sobran: a menos de una semana de asumir, a Cristina Fernández se le plantó el gremialismo más rancio. O la designación de Beatriz Rojkés de Alperovich como tercera autoridad del país. En Casa de Gobierno nunca imaginaron llegar a semejante nivel de exposición nacional. Y sin embargo, hoy el alperovichismo -quiera o no- divide su atención entre el impacto del discurso de Hugo Moyano y el enojo de los intendentes por el retaceo de fondos. Le pasó hace horas a Juan Manzur: el ministro de Salud nacional vino a Tucumán el miércoles por la noche y el jueves a la siesta "lo hicieron" volver a la Capital Federal porque el jefe cegetista le había tirado encima la denuncia sobre el destino de los millonarios fondos de las obras sociales.
El inesperado ascenso de la primera dama ya embargó de adrenalina a las segundas líneas oficialistas. Muchos ven en esta la ocasión de apuntalar al bettismo para suceder al alperovichismo en 2015. De ahí que los movimientos del ministro de Gobierno, Edmundo Jiménez, hayan reactivado las intrigas. "Pirincho" pasó muchas horas en Buenos Aires estos días "asesorando" a la senadora en los pormenores de la función que le tocará cumplir. Frente a esos ruidos, el gobernador no dice nada. Sólo mira y analiza cada paso a su alrededor. Es un hombre que no delega, al que no le gustan los imprevistos y al que le asusta no tener todo bajo su dominio. Y eso es, precisamente, lo que le está pasando en este momento con la exposición de su esposa: el único paso en el que no tuvo ninguna intervención -de hecho, se lo confirmaron horas antes de la jura de la senadora- le genera alteraciones arriba, en la cúspide del poder kirchnerista; y abajo, en el sostén de su guarida tucumana.
Así como el bettismo es incipiente, el amayismo es una realidad que aunque se disfrace, nunca pasa desapercibida para el gobernador. Los que estuvieron con ellos en la mañana del lunes dicen que, por primera vez, vieron a un intendente firme. "¿Qué vamos a hacer con los ambulantes?", le preguntó Alperovich. "Nada, hay que aguantar, le respondió Amaya. "Pero, ¿justo ahora?", le inquirió el gobernador. "Y sí, José, si no es ahora, ¿Cuándo?. Después vendrá el Día del Niño, el de la Madre, y así nos llevan", dicen que retrucó Amaya en el pretendido diálogo sobre la invasión de vendedores en las peatonales.
Alperovich no es un hombre acostumbrado a que se le planten. Quizá, este cruce le haya servido para asumir que Amaya desde hace rato amaga con liberarse de su yugo, y que para eso le apunta a la independencia económica. Hoy, todos los recursos municipales son controlados por la Provincia y la deuda de la capital con el PE es de medio presupuesto anual (unos $ 400 millones). Por eso, el gobernador sólo sonríe cuando le preguntan si refinanciará el pasivo de los municipios como hizo la Nación con las provincias. Nunca le soltará las manos para que camine a su antojo.
Ya se dijo, Alperovich es un hombre que necesita tener todo controlado. De ahí que esta volatilidad en la que suele zambullirse la política muchas veces lo encuentre desacomodado. La paz social, según el diccionario alperovichista, significa que cada uno de los patitos camine en fila, sin pasos en falso ni desviaciones.
En la política no hay lugar para disfrutar del éxito o para asimilar el duelo. La volatilidad hace estragos y los hechos se suceden a una velocidad que asusta. Los ejemplos sobran: a menos de una semana de asumir, a Cristina Fernández se le plantó el gremialismo más rancio. O la designación de Beatriz Rojkés de Alperovich como tercera autoridad del país. En Casa de Gobierno nunca imaginaron llegar a semejante nivel de exposición nacional. Y sin embargo, hoy el alperovichismo -quiera o no- divide su atención entre el impacto del discurso de Hugo Moyano y el enojo de los intendentes por el retaceo de fondos. Le pasó hace horas a Juan Manzur: el ministro de Salud nacional vino a Tucumán el miércoles por la noche y el jueves a la siesta "lo hicieron" volver a la Capital Federal porque el jefe cegetista le había tirado encima la denuncia sobre el destino de los millonarios fondos de las obras sociales.
El inesperado ascenso de la primera dama ya embargó de adrenalina a las segundas líneas oficialistas. Muchos ven en esta la ocasión de apuntalar al bettismo para suceder al alperovichismo en 2015. De ahí que los movimientos del ministro de Gobierno, Edmundo Jiménez, hayan reactivado las intrigas. "Pirincho" pasó muchas horas en Buenos Aires estos días "asesorando" a la senadora en los pormenores de la función que le tocará cumplir. Frente a esos ruidos, el gobernador no dice nada. Sólo mira y analiza cada paso a su alrededor. Es un hombre que no delega, al que no le gustan los imprevistos y al que le asusta no tener todo bajo su dominio. Y eso es, precisamente, lo que le está pasando en este momento con la exposición de su esposa: el único paso en el que no tuvo ninguna intervención -de hecho, se lo confirmaron horas antes de la jura de la senadora- le genera alteraciones arriba, en la cúspide del poder kirchnerista; y abajo, en el sostén de su guarida tucumana.
Así como el bettismo es incipiente, el amayismo es una realidad que aunque se disfrace, nunca pasa desapercibida para el gobernador. Los que estuvieron con ellos en la mañana del lunes dicen que, por primera vez, vieron a un intendente firme. "¿Qué vamos a hacer con los ambulantes?", le preguntó Alperovich. "Nada, hay que aguantar, le respondió Amaya. "Pero, ¿justo ahora?", le inquirió el gobernador. "Y sí, José, si no es ahora, ¿Cuándo?. Después vendrá el Día del Niño, el de la Madre, y así nos llevan", dicen que retrucó Amaya en el pretendido diálogo sobre la invasión de vendedores en las peatonales.
Alperovich no es un hombre acostumbrado a que se le planten. Quizá, este cruce le haya servido para asumir que Amaya desde hace rato amaga con liberarse de su yugo, y que para eso le apunta a la independencia económica. Hoy, todos los recursos municipales son controlados por la Provincia y la deuda de la capital con el PE es de medio presupuesto anual (unos $ 400 millones). Por eso, el gobernador sólo sonríe cuando le preguntan si refinanciará el pasivo de los municipios como hizo la Nación con las provincias. Nunca le soltará las manos para que camine a su antojo.
Ya se dijo, Alperovich es un hombre que necesita tener todo controlado. De ahí que esta volatilidad en la que suele zambullirse la política muchas veces lo encuentre desacomodado. La paz social, según el diccionario alperovichista, significa que cada uno de los patitos camine en fila, sin pasos en falso ni desviaciones.