Resulta notoria en este libro la extrema diferencia entre las escenas de su comienzo y su final. La primera transcurre en un cementerio, al que se ha ido a dar el último adiós a un ser querido, o sea que hay silencio y tristeza. El cierre, por lo contrario, es exultante y celebratorio. Si el marco hubiese sido una cancha de fútbol, tal estado anímico habría provocado una lluvia de papeles, que el viento dispersaría por todas partes.
Eduardo Sacheri (Buenos Aires, 1967), autor, entre otras obras, de La pregunta de sus ojos (El secreto de sus ojos, en la exitosa versión fílmica que en 2010 ganó el Oscar a la mejor película extranjera), se basó en experiencias de su propia vida para escribir esta novela que, en buena medida, transcurre en la localidad suburbana de Castelar; y que tiene como eje la sostenida amistad entre cuatro hombres, en su tramo desde la infancia, en 1970, hasta casi la actualidad.
La muerte de uno de ellos, Alejandro Raguzzi, apodado El Mono, induce a los otros tres a encarar un plan para ayudar económicamente a su pequeña hija, Guadalupe. Resuelven que la tentativa afiance la idea que había concebido El Mono, cuando se le ocurrió comprar a Mario Pittilanga -un jugador que brilló en el mundial juvenil de Indonesia-, con un dinero recibido como indemnización, para luego revenderlo a buen precio.
Pero se encuentran con un difícil problema: el muchacho, a los 21 años, ya no es una promisoria estrella. Ha engordado, apenas tiene un promedio de un gol por año y es casi incapaz de hacer un pase correcto. Para quien exhibe tan pobre desempeño, la tribuna tiene un calificativo lapidario: "perro". Sin embargo, se lanzan a cumplir el objetivo, con imaginativa y audaz estrategia? y la moderna ayuda cibernética.
Almodovarianos
Sacheri ha dotado el desarrollo con pinceladas de humor. En una polémica sobre la existencia de un Creador, alguien resuelve el tema mediante la extraña conclusión de que "Dios existe, pero no da bola".
Consciente de que como trasfondo hay un país agobiado (crisis del 2001), el escritor maneja hábilmente las disparatadas secuencias en las que intervienen individuos un tanto almodovarianos, como un travesti compasivo, un periodista tan afamado como corrupto y aquellos que transitan el sinuoso comercio de la compraventa de jugadores.
Su otra afición, el cine, se manifiesta con un desopilante final tomado del célebre timo que en El golpe perpetran Paul Newman y Robert Redford para desvalijar a un mafioso. Una novela, en fin, que se sigue con placer, pero dirigida a un sector prácticamente exclusivo: lectores masculinos. © LA GACETA