El inicio de una vida siempre fue objeto de festejo. Por eso el nacimiento de Jesús se ha convertido en una celebración a escala mundial, aunque en muchos lugares ni siquiera se tenga en cuenta al protagonista. En los idiomas latinos la palabra Navidad proviene de "natividad", que significa precisamente nacimiento. Los anglosajones, en cambio, utilizan el término Christmas, que significa "misa de Cristo". Y en algunas lenguas germánicas, como el alemán, la Navidad se dice Weihnacht, es decir, "noche de bendición".
Así, la Navidad es una celebración que encierra mucho simbolismo. Según los historiadores, Jesús no nació ni en diciembre, ni en enero, sino, con toda probabilidad, en septiembre. Cuando la Iglesia convirtió a los pueblos paganos de Europa constató que para ellos la fiesta más importante era el solsticio de invierno, es decir, la jornada más corta del año. Ese día era el 21 de diciembre y se celebraba colocando velas o antorchas en los árboles en honor al dios sol. La Iglesia no quiso arrebatar a esos pueblos su principal fiesta imponiéndoles otra, de manera que hizo coincidir la fecha del nacimiento de Jesús con esta celebración. Más tarde, una conmovedora leyenda medieval dio origen al árbol de Navidad. La historia, que fue recreada por la escritora francesa Marguerite Yourcenar en su inolvidable "Glosa de Navidad", narra la odisea de un niño que, en una noche de invierno, llega a la casa de un leñador. Allí es cobijado como si fuera de la familia. Ese pequeño era el Niño Dios. Y, para recompensar la bondad del leñador, tomó la rama de un pino y les dijo que la sembraran porque cada año daría frutos abundantes. Y así fue: aquel árbol dio manzanas de oro y nueces de plata.
A lo largo de los siglos la Navidad fue una fiesta esencialmente religiosa y solemne. Pero, en los últimos años, esta celebración ha adquirido un carácter netamente comercial en el que, con demasiada frecuencia, la comida abundante y los regalos valen más que cualquier deseo. Una pequeña recorrida por el microcentro alcanza para comprobar que el espíritu navideño tiene mucho de comercio y poco de reflexión. Las peleas de los ambulantes con las autoridades, las compras frenéticas y esa absurda sensación de que el mundo se acabará en la misma cena de Navidad convierten a esta fiesta en una suerte de rito consumista que carece de cualquier valor.
Pero la Navidad encierra un significado mucho más profundo y trascendente. Para empezar, se trata de una fiesta de honda raíz humana. Lo que se celebra es un nacimiento. Un nacimiento como deberían ser todos: el de un niño esperado con amor y respeto que lleva sobre sus espaldas la esperanza del mundo. Las escrituras cuentan una historia que desborda poesía y dolor. Se trata de una familia pobre; tan pobre como muchas familias tucumanas que tendrán sólo migajas para poner en la mesa navideña. Y, a pesar de ser una festividad plena de gozo, también hay lugar para el dolor, porque ese pequeño al que se adora en la Nochebuena, será crucificado en la Pascua, recordando a todos que para poder resucitar hay que pasar primero por la cruz. Esta idea fue plasmada poéticamente en el filme de animación "El expreso polar", de Robert Zemeckis, que cuenta el mágico viaje de un niño que está dejando de creer. En la escena final, el cascabel que el chico recibe, como regalo de Papá Noel, sólo puede ser escuchado por él y por su hermana, nunca por sus padres. Ese recurso simboliza la pérdida de la inocencia. Algo que llega inexorablemente, a menos que se mantenga fresca la esencia de la Navidad. El niño del filme termina creciendo, pero el cascabel sigue sonando para él porque recuperó la capacidad de creer. Los tucumanos, ¿podrán oír el cascabel en esta Navidad?
Así, la Navidad es una celebración que encierra mucho simbolismo. Según los historiadores, Jesús no nació ni en diciembre, ni en enero, sino, con toda probabilidad, en septiembre. Cuando la Iglesia convirtió a los pueblos paganos de Europa constató que para ellos la fiesta más importante era el solsticio de invierno, es decir, la jornada más corta del año. Ese día era el 21 de diciembre y se celebraba colocando velas o antorchas en los árboles en honor al dios sol. La Iglesia no quiso arrebatar a esos pueblos su principal fiesta imponiéndoles otra, de manera que hizo coincidir la fecha del nacimiento de Jesús con esta celebración. Más tarde, una conmovedora leyenda medieval dio origen al árbol de Navidad. La historia, que fue recreada por la escritora francesa Marguerite Yourcenar en su inolvidable "Glosa de Navidad", narra la odisea de un niño que, en una noche de invierno, llega a la casa de un leñador. Allí es cobijado como si fuera de la familia. Ese pequeño era el Niño Dios. Y, para recompensar la bondad del leñador, tomó la rama de un pino y les dijo que la sembraran porque cada año daría frutos abundantes. Y así fue: aquel árbol dio manzanas de oro y nueces de plata.
A lo largo de los siglos la Navidad fue una fiesta esencialmente religiosa y solemne. Pero, en los últimos años, esta celebración ha adquirido un carácter netamente comercial en el que, con demasiada frecuencia, la comida abundante y los regalos valen más que cualquier deseo. Una pequeña recorrida por el microcentro alcanza para comprobar que el espíritu navideño tiene mucho de comercio y poco de reflexión. Las peleas de los ambulantes con las autoridades, las compras frenéticas y esa absurda sensación de que el mundo se acabará en la misma cena de Navidad convierten a esta fiesta en una suerte de rito consumista que carece de cualquier valor.
Pero la Navidad encierra un significado mucho más profundo y trascendente. Para empezar, se trata de una fiesta de honda raíz humana. Lo que se celebra es un nacimiento. Un nacimiento como deberían ser todos: el de un niño esperado con amor y respeto que lleva sobre sus espaldas la esperanza del mundo. Las escrituras cuentan una historia que desborda poesía y dolor. Se trata de una familia pobre; tan pobre como muchas familias tucumanas que tendrán sólo migajas para poner en la mesa navideña. Y, a pesar de ser una festividad plena de gozo, también hay lugar para el dolor, porque ese pequeño al que se adora en la Nochebuena, será crucificado en la Pascua, recordando a todos que para poder resucitar hay que pasar primero por la cruz. Esta idea fue plasmada poéticamente en el filme de animación "El expreso polar", de Robert Zemeckis, que cuenta el mágico viaje de un niño que está dejando de creer. En la escena final, el cascabel que el chico recibe, como regalo de Papá Noel, sólo puede ser escuchado por él y por su hermana, nunca por sus padres. Ese recurso simboliza la pérdida de la inocencia. Algo que llega inexorablemente, a menos que se mantenga fresca la esencia de la Navidad. El niño del filme termina creciendo, pero el cascabel sigue sonando para él porque recuperó la capacidad de creer. Los tucumanos, ¿podrán oír el cascabel en esta Navidad?