KABUL.- Un suicida mató a por lo menos 55 personas ayer, al atentar contra un santuario musulmán chiíta en Kabul, en un hecho de violencia sin precedentes cometido un día después de que los aliados occidentales de Afganistán se comprometieron a continuar apoyando al país una vez que sus soldados se retiren por completo, en 2014.

La organización extremista paquistaní Lashkar e-Jhangvi al-Alami, de tendencia sunita, reivindicó la autoría del atentado, según admitió su vocero, Abu Bakar Mansur. Es la primera vez que el grupo admite su actuación en el exterior.

Este fue uno de los ataques más sangrientos en la capital afgana desde la ocupación de fuerzas extranjeras comandadas por Estados Unidos en 2001. "Es la primera vez que, con motivo de una fiesta religiosa tan importante, tiene lugar un acto terrorista tan horrible", declaró el presidente afgano, Hamid Karzai.

Los talibanes negaron haber cometido la masacre. "Un gran número de nuestros compatriotas inocentes han muerto o fueron heridos por los actos inhumanos y contrarios al Islam; el invasor enemigo recurre ahora a este tipo de actos brutales para crear el terror, la desconfianza y el odio entre afganos para tener una excusa para quedarse más tiempo y dividir a la Nación", afirmó el vocero talibán, Sabiullah Muyahid.

Restos de cuerpos estaban desparramados por toda la calle después de la explosión en el corazón de la zona antigua, donde cientos de fieles se habían reunido para la fiesta del Ashura, la principal conmemoración del calendario chiíta, en recordación del martirio del nieto del profeta Mahoma, el tercer imán del chiísmo Hussein, en la batalla de Kerbala (Irak), en el año 680. Son diez días de celebración, que culminan el martes.

"Fuera de control"

"Fue una explosión muy poderosa. La comida quedó desparramada por todas partes. Todo estaba fuera de control, todo el mundo estaba llorando. Fue un desastre", detalló Mahood Khan, quien está a cargo del santuario Abul Fazl, donde fue el ataque.

Fuera de un hospital, un grupo de personas lloraba cerca de una pila de ropa y calzados ensangrentados. Una mujer con un pañuelo oscuro en la cabeza sostenía una zapatilla y lamentaba la muerte de su hijo, de poco más de 20 años. "Mataron a mi hijo, este es su zapato", gritó. "Muerte a los talibanes, muerte a Al Qaeda", se escuchó tras la explosión.

Poco después del atentado en Kabul, explotó una bicicleta bomba cerca de la principal mezquita de la ciudad norteña de Mazar-i-Sharif, lo que mató a cuatro personas e hirió a otras 17; mientras que en Kandahar, en el sur, una moto-bomba lastimó seriamente a tres civiles. Aún no se sabe si hay vínculos entre los incidentes.

Las detonaciones fue un potente recordatorio de los problemas del país, luego de que las potencias mundiales se reunieran en Alemania, en una conferencia internacional, para prometer un respaldo a largo plazo, pero con fuertes condicionamientos (ver "Apoyo...").

Afganistán ha vivido tradicionalmente tensiones y violencia entre la mayoría que profesa el credo musulmán de los suníes y la minoría chiíta (representa alrededor del 20% de los 30 millones de habitantes), pero desde la caída de los talibanes no había registrado una escala de atentados, como la que ha causado problemas en el vecino Pakistán.

La violencia sectaria se ha intensificado desde que extremistas suníes estrecharon lazos con Al Qaeda y con los insurgentes talibanes paquistaníes, los que contarían con la protección del régimen de Islamabad y de sectores de su Ejército. (Especial-Reuters-AFP-DPA-Télam)