Desde que está en la panza le decís que es un rey. Cuando nace lo mimás hasta asfixiarlo, empalaga sólo verte, lo malcriás del día a la noche y hasta cuando lo retás lo adorás hasta el ridículo: "no haga eso mi rey", "portesé bien mi bomboncito", "no rompa eso mi dulce caramelito". Cuando llega a la escuela lo aturdís diciéndole que es un genio, que es el mejor, que no hay otro igual, y hasta cuando se equivoca o le va mal le echás la culpa a los maestros, a la escuela, al sistema, a todos menos a él: "es que no te entienden, sos demasiado brillante para esa escuela, a Einstein le pasaba lo mismo". Cuando las hormonas lo hacen hombrecito, para vos sigue siendo tu bebé. Lo seguís peinando, le preparás el baño, le comprás ropa, perfumes, le hacés su comidita preferida. Le decís que es más lindo que Brad Pitt, más sexy que Johnny Deep, más macho que De Niro y que se cuide de las mujeres, porque son todas unas "turras". Las chicas son malas, mentirosas, se van a querer aprovechar de vos, que sos un ángel, que sos lindo, trabajador, inteligente, un gran tipo. Y le das consejos: si una mujer se regala es muy fácil, no sirve. Si no se regala tiene alguna tara, es una castrada, no te hará feliz. Todas sus novias tendrán algún defecto. ¡Mama mía! Y después te enojás y preguntás, ¿a quién salió tan machista?