La tragedia de Iván Senneke involucra a toda la sociedad. Confirma las inquietudes sobre la inseguridad, dispara los miedos, desata la frustración y el enojo, empuja al reclamo. Obliga a los funcionarios a desaparecer sigilosamente (como hicieron los responsables de Seguridad Ciudadana), o bien a expresarse con palabras discretas, que transmitan la justa indignación de las víctimas, como hicieron el jefe de Policía, Jorge Racedo, y el gobernador, José Alperovich. Ambos coincidieron en un duro diagnóstico que trasunta impotencia, al señalar que los asesinos son infelices y mal nacidos, y trataron de ser tenuemente positivos al prometer que no se van a dejar vencer por la inseguridad.

Pero las palabras no dan alivio. Son los hechos los que aplacarán de algún modo la llaga ardiente, y así lo pidió la madre del joven asesinado: "Yo quiero una respuesta, y no que me estén diciendo que son dos, tres o cuatro. Quiero que me digan que fue fulano o mengano y que van a tener una sentencia por lo que han hecho. Esa es la respuesta que quiero", dijo.

La Policía reaccionó; tiene tres detenidos y busca a un cuarto individuo. "Cuando ocurre este tipo de hechos, prefiero estar en la calle con el personal para que ellos vean y sientan nuestro respaldo", expresó Racedo. "Si ellos no duermen, yo tampoco", añadió. Pero esto no alcanza, porque al mismo tiempo reconoce que "son hechos que uno no puede predecir dónde pueden llegar a ocurrir". Dijo que un rato antes de la agresión a Senneke, se había hecho un operativo en ese sector (calle Rivadavia al 2.200).

Ahora bien, ¿es cierto que no se puede prevenir? No hace tres meses que el mismo Racedo lanzó una frase similar, ante el asesinato de Marcela Aragón en el barrio Viluco, a 20 cuadras de distancia de Rivadavia y Delfín Gallo: "son hechos impredecibles que se han dado fuera del microcentro", dijo entonces.

En estos momentos, el jefe debería estar preguntando por qué en la jurisdicción de la seccional 5a (que abarca el gigantesco cuadrado entre avenidas Mitre, Juan B. Justo, Sarmiento y Francisco de Aguirre) hay sólo dos motociclistas y 11 agentes a pie patrullando por la mañana y ocho por la tarde. Y ninguno de noche, pese a que en esta área se lanzó el Programa Integral de Protección Ciudadana, con 80 agentes derivados de las patrullas Urbana y Motorizada. Habría que ver qué pasó con los otros 60 policías.

También denota falta de prevención la denuncia de la vecina Ana Capriz (que fue a socorrer al muchacho baleado), quien llamó al 107 de Emergencias pero nunca fue atendida. ¿Qué pasa con el 101 y el sistema de respuesta rápida? No hace mucho se les encomendó a los vecinos que memorizaran los celulares de los policías para llamarlos en casos de emergencia. Pero el sistema no funcionó porque están cambiando constantemente a los agentes de las calles y no les dan celulares, sino walkie-talkies que dependen de la comisaría... y el 107 de Emergencias no contesta.

Nunca se entró a fondo en el caótico e impenetrable sistema de autos de alquiler. Según parece, el chofer del taxi en el que iban los asesinos había sido contratado un día antes por el dueño del auto. El sistema de controles falló muchas veces en los seis años que lleva funcionando el Sutrappa. Volvió a fallar ahora.

Esta semana hubo tres casos dolorosos: el de Senneke, el de Maxi Maldonado, el niño recuperado milagrosamente tras haber sido baleado en La Rinconada, y la muerte de Sergio Ismael Lucena en Las Talitas a manos de dos supuestos policías. Todo ocurrió en la periferia, donde los barrios dejan de contener al vecino para diluirse en una tierra plagada de inseguridad y donde lo que ocurre, según los funcionarios, es culpa de la fatalidad, que para ellos no se puede prevenir.