Temor. Intranquilidad. Preocupación. Desconfianza. Atención. Seguramente, estas cinco palabras se han incorporado a nivel inconsciente a la vida cotidiana de una buena parte de los tucumanos que salen a diario de su casa a trabajar o a estudiar o cuando regresan al hogar caminando, en ómnibus, en taxi o en el auto particular. Hasta hace dos décadas quizás, esta sensación de incertidumbre era propia de algunas de las grandes urbes y la violencia urbana era más bien propia de las series de televisión. Pero esa visión forma parte del pasado.

El jueves, por la calle Rivadavia al 2.200, un joven de 19 años, volvía de su trabajo con una amiga. A 50 metros de su casa, fueron abordado por dos sujetos. Presintieron que se trataba de un robo. Le gritó a su amiga que corriera. Él forcejeó. Los delincuentes le quitaron la mochila. Iván Senneke cayó al piso de rodillas y uno de los malvivientes le disparó en la cabeza. El muchacho murió en la mañana del viernes. Detuvieron luego a tres de los cuatro sujetos que intervinieron en el hecho de sangre. Todos tienen causas penales serias y peligrosos antecedentes. Dos de ellos estuvieron presos en la cárcel de Villa Urquiza.

La sociedad ya se había conmocionado el domingo pasado, cuando un niño de ocho años que viajaba con sus padres y hermanos en un auto, fue herido de un balazo por malvivientes, mientras huían tras haber cometido un robo en Yerba Buena. Luego de permanecer varios días en coma farmacológico, el chico recobró la conciencia y afortunadamente se recuperaría.

La semana anterior otro episodio convulsionó al vecindario de Barrio Sur, cuando un chico de 10 años fue violado en la plaza Rivadavia, a escasos metros del Hospital de Niños. Como consecuencia de las lesiones recibidas, el menor fue internado en ese nosocomio. Tuvo que ocurrir un hecho de esta naturaleza para que el paseo público tuviera la vigilancia que los vecinos vienen reclamando desde hace años. Lo curioso es que la violación se registró a pocos metros de la esquina de Bolívar y Ayacucho, donde esta instalada una cámara de vigilancia policial.

En lo que va de 2011, suman una decena los casos de personas que fueron asesinadas mientras les robaban. Uno de los más resonantes fue el asesinato de Elda Hovannes, que fue baleada por un motoarrebatador en la puerta de su casa, en el barrio Ampliación Kennedy, para robarle la cartera. El hecho ocurrió el 19 de julio. Los vecinos organizaron varias marchas y se reunieron con autoridades de la Policía para coordinar nuevas estrategias de seguridad. Sin embargo, no se conoce aún la identidad del homicida.

En los últimos años, como nunca sucedió antes, la Policía fue dotada con una gran cantidad de efectivos, patrulleros y el equipamiento tecnológico necesario para combatir el delito. Sin embargo, la ola de inseguridad es cada vez mayor. Los motoarrebatadores se han convertido en un flagelo ciudadano y atacan en cualquier lugar y hora. La sensación de desprotección se está volviendo una constante después de las 22.

En esta realidad, mucho tiene que ver la acción de la Justicia. La Policía suele quejarse de que los delincuentes arrestados son luego puestos en libertad por los magistrados.

En otras ocasiones, hemos señalado que el problema de la inseguridad no se combate sólo con una policía diferente, insertada en la comunidad y con la mira puesta en la prevención, sino con una política interdisciplinaria, donde la fuerza se integre en un panorama en el que la educación, la comunicación y acciones sociales jueguen un rol determinante. ¿Qué más hace falta para que el Estado se decida a diseñar una política abarcadora que permita combatir con éxito el delito y proteger al ciudadano?