Estas cartas, precedidas de un imprescindible prólogo de Natalio Botana, abarcan 16 años turbulentos. María Rosa Oliver, que descendía de una familia ligada a la formación de nuestro país, tenía la sagacidad de un político avezado. En una carta del 29/8/72 le escribe a su amigo Eugenio: Hay una confusión espantosa. Por un lado el gobierno militar intenta seguir en el poder a través de civiles electos constitucionalmente y por el otro un pueblo que cifra su verdadera necesidad de justicia en el triunfo de un movimiento que responde -hasta hoy- a un hombre diestro en el engaño.
En las décadas del 40 y del 50, María Rosa Oliver fue camarada de ruta del Partido Comunista, pero luego, lentamente, se fue apartando. Los libros de Teilhard de Chardin y de Emmanuel Mounier la acercaron, en cambio, a la corriente católica tercermundista que acentuaba la importancia de la justicia social, que fue lo que precisamente la llevó a simpatizar con el comunismo. La influencia de los sacerdotes Carlos Mugica y Arturo Paoli fue decisiva para que María Rosa volviera a la Iglesia. Pero quien preparó el terreno con su amistad y comprensión siempre discreta fue el futuro Monseñor Guasta. La historia privada de esa evolución es lo que cuentan estas cartas.
El trasfondo familiar de Eugenio era muy distinto del de María Rosa. Provenía de una refinada familia italo-española, sensible a la música y a las artes plásticas, sin conexiones con la política. Cuando Eugenio, por razones de trabajo, se fue a vivir a Italia, las cartas tuvieron la extensión de una crónica. María Rosa, por su lado, le cuenta anécdotas divertidas pero nada complacientes sobre la vida cultural porteña. Las de Eugenio abundan en observaciones sutiles sobre sus viajes por Italia y España. Si las primeras cartas son amenas, las de los dos últimos años son muy dolorosas. En enero de 1975 muere una sobrina de María Rosa y sus dos hijas en un accidente automovilístico. No sé cómo puedo escribirlo. Sólo porque te escribo a vos. Y al hacerlo suben a mis ojos esas lágrimas que se rehusaban a salir, que me ahogaban, petrificándome por dentro. Lo único que siento es meterme en una cueva y aullar como un lobo. A partir de entonces, la correspondencia adquiere una altura espiritual a la que ambos llegan con total convencimiento por haber nacido de una necesidad profunda. © LA GACETA