Unas veces es el racionamiento. Entonces sólo se puede llevar un bote de aceite por compra. O, por inverosímil que parezca, sólo dos paquetes de azúcar por carrito. Aquí. En Tucumán. Y se "disparan" precios de eso de lo que hay poco, como pasó con el tomate. Por desgracia, no sólo ocurre con los alimentos.
Otras veces es el "faltante". No se consigue nafta. Ni gasoil. Ni cospeles. Y se suspenden los vuelos. Pero el asunto no se queda, tampoco, en el transporte.
Entonces, directamente, el suministro se corta. Y no hay luz. Tampoco agua. Justo ahora: en este infierno de verano. Aquí, en el subtrópico. Donde en invierno, por supuesto, lo que no hay es gas.
Se vive una suerte de posguerra absurda. Faltan bienes y servicios básicos, cuya carestía es propia de territorios devastados. Hasta se vive, claro que a escala doméstica, el dollar gap: la angustia de dólares.
Sin embargo, no se está saliendo de un conflicto bélico. Por eso, ya se sabe quiénes seguirán ganando. Y quiénes continuarán perdiendo como en la guerra.