Cada vez que se conoce una noticia como la del ataque de La Rinconada, la opinión común con tono a queja que puede leerse en los foros y escucharse en la calle es la misma: "Mañana seguro ya van a estar libres". Los antecedentes de por lo menos uno de estos muchachos afianza esta opinión: hace un mes estuvo detenido por un arrebato, el sábado a la noche robó una moto de una casa y el domingo asaltó a una pareja antes de disparar a los ocupantes de un auto y herir gravemente a un niño de ocho años. Las soluciones sugeridas en los foros no parece ser más esperanzadora: que vayan todos adentro, no importa si fue un hecho grave como el del domingo, o si fue un intento de arrebato. Pero el problema sigue siendo el mismo, estén presos o recuperen la libertad. ¿Alcanza acaso con meter preso a todo aquel que comete un delito que afecta la seguridad? ¿Alcanza con garantizar los derechos constitucionales de los detenidos y que mientras se los somete a un justo proceso, continúan en la misma situación que cuando realizaron el primer robo? Evidentemente no alcanza. De un lado se proponen más policías en la calle y más delincuentes tras las rejas. Del otro, se pide el respeto a las garantías constitucionales (de todos, de la víctima y del delincuente). En el medio está un nene de ocho años, víctima de una sociedad que no sabe cómo exigir al Estado que no haya más delincuencia. Y ya no se trata de lo que se hace mal, sino de lo que no se hace. La mano dura no funcionó en ningún lado; mirar hacia un costado tampoco. Siempre se dijo que hay que atacar las causas que originan la delincuencia. Tal vez, por una vez, haya que empezar a hacerlo, porque la indiferencia de los últimos años, está claro, no está funcionando.