Al inicio del penúltimo mes del año, de lo único que parece hablarse en el mundo económico del país es sobre el dólar, la moneda fetiche de los argentinos para preservarse de la inflación y de las devaluaciones generadas desde el Estado. Las restricciones que el Gobierno impuso en el mercado cambiario, como forma de combatir la sangría de dólares que venía soportando el Banco Central, terminó por instalar el tema de lleno, con todo el riesgo que eso implica. Un informe de la consultora Melconian & Santángelo destaca que la fuga de capitales llegará este año a U$S 23.000 millones, similar a la que ocurrió en 2008 después del conflicto del Gobierno con el campo, de la derrota del oficialismo en las elecciones legislativas, de la caída de Lehman Brothers y de la estatización de la jubilación privada.

Pero, ¿por qué los grandes inversores le dieron la espalda al oficialismo gobernante, a sabiendas de que la situación electoral estaba bajo control y que no se preveían cambios en un rumbo económico y político? El tipo de cambio se convirtió en la válvula de escape de la olla a presión en que se había convertido la economía argentina, cuyo desempeño en los últimos años se vio condicionado por un marcado intervencionismo del Estado en la mayoría de sus variables, a caballo de un esquema de gasto público creciente que fue restando la competitividad que la Argentina había logrado desde 2002. En otras palabras, había demasiadas cosas ocultas debajo de la alfombra, y ahora el mercado exige que se ponga blanco sobre negro. El margen de maniobra del Gobierno quedó reducido a su mínima expresión, y no le quedó otra que instrumentar medidas que se venían postergando, tal como la reducción del entramado de subsidios que se vienen aplicando desde que el kirchnerismo accedió al poder en 2003. Ni el abultado resultado electoral logró torcer el malhumor de los mercados; hacían falta medidas concretas. La decisión de que petroleras y mineras liquiden dólares en el país y el anunciado recorte de los subsidios son una señal clara de que el Gobierno necesita reforzar sus ingresos en 2012. Si se concreta la merma de la ayuda estatal a ciertos sectores, eso podría impactar en el empleo y en el consumo, los pilares del modelo kirchnerista. Esto se traduciría en malestar de quienes se vieron afectados por las restricciones. Y podría hacerse extensivo al agro, un sector de la economía que ya conoce lo que es enfrentarse al Gobierno. Por ahora, el campo está tranquilo, porque los productores en general ganan dinero, pero si la avidez del Estado por recursos deriva en una mayor presión fiscal al sector, podría arder Troya.

En las últimas semanas, el Gobierno realizó una apuesta fuerte, al reconocer que hay una corrida contra el peso. Busca desalentar la compra de dólares de grandes inversores, y de paso le pone trabas al pequeño ahorrista, que no debería entrar en pánico para que la situación de la economía en general no salga de madre.