"Usted tiene una hermosa nuca. Podría hacer cine". Así le dijo Michelangelo Anonioni desde su cabina de director. Ella estaba doblando el personaje de Dorian Gray en El grito (Antonioni, 1957) y no le hizo mucho caso.
Ella era Mónica Vitti y entonces pensaba que el cine era algo para señoritas salidas de concursos de belleza. Prefería, sin discusión, el teatro.
Pero el maestro, que luego se convertirá en su compañero de vida, le hará cambiar de idea dos años después cuando, en 1959 con la película La Aventura, transformará a Monica Vitti en la actriz protagonista por excelencia de la incomunicabilidad de sus filmes.
Hubo tantas Mónica Vitti y todas nos han maravillado; nos han tenido atornillados en las butacas de los cines o en los sillones de casa para encantarnos con su voz ronca y sensual, como rascada por mil cigarrillos. Con admiración hemos mirado su rostro moderno con aquella mirada ligeramente, levemente estrábica y esa nariz definida.
Mónica Vitti era lo más parecido al modelo de las actrices francesas de los años 60 que aparecían en la pantalla tristes y graves, raras musas de los sentimientos de la época. Pero nosotros sabemos bien que Mónica Vitti fue mucho más que eso porque ha sabido reinventarse muchas veces, y no por cuestiones comerciales sino simplemente porque se trata de una mujer curiosa, inteligente y plena de vitalidad.
María Luisa Ceciarelli -éste es su verdadero nombre- se diplomó en la Academia de Arte Dramática de Roma con el gran maestro Sergio Tofano, quien se había dado cuenta inmediatamente de la gran capacidad cómica de la actriz. En el escenario interpretaba personajes de los textos de Brecht y encarnaba a Ofelia, en Hamlet, de Shakespeare y, al mismo tiempo, obtenía un enorme éxito con Seis historias para reír.
Estaba por casarse con un arquitecto cuando conoció a Antonioni.
Con La aventura, El eclipse, La noche y El desierto rojo, creaciones del director de Ferrara, se impondrá a nivel internacional por su capacidad para comunicar angustias e inquietudes, crisis de identidad y el malestar de la mujer moderna.
Será Mario Monicelli, en la segunda mitad de los años 60, quien la introducirá, definitivamente, en la llamada "comedia italiana". En La muchacha con la pistola, Mónica Vitti pudo liberar todo su talento cómico demostrando que, en el cine para reír, una mujer no debe ser necesariamente poco bella y que puede tener piernas escultóricas y un cuello y un pecho armonioso como el suyo.
Es difícil olvidar su personaje espumante de Dea Dani, cómica del período posterior a la II Guerra Mundial, junto a Alberto Sordi y al personaje de Adelaide en El drama de los celos, todos los particulares en crónica, de Ettore Scola, donde Giancarlo Giannini y Marcello Mastroniani son capaces de hacer cualquier cosa para estar con ella.
Ella dirá: Descubrir que podía hacer reír fue como descubrir que soy la hija de un Rey.
Nunca tuvo vicios de "prima donna" o actitudes de diva. De su larga relación con Michelangelo Antonioni no quiso jamás hablar y siempre se colocó en un segundo plano cuando se trataba de afirmar sobre su presencia indispensable en los filmes del maestro.
Historias de otros tiempos, casi nos viene ganas de decir cuando vemos hoy a muchos actores y actrices que tienen la necesidad de abrir sus dormitorios a los diarios y revistas.
Por su reserva, su ironía y el estilo que han caracterizado sus 50 años de carrera, Mónica Vitti se ha podido permitir el desafiar a los bienpensantes e inteligentes y decir en la televisión estatal italiana de los años 70: En el dormitorio puede pasar de todo. Nada más.
De sus labios no saldrán jamás comentarios sobre los hombres importantes de su vida: Michelangelo Antonioni, Carlo Di Palma y Roberto Russo.
Actriz para no morir
Cuenta Mónica que, cuando tenía 14 y casi había decidido quitarse la vida, pensó que el único modo de salvarse podía ser fingir ser otra. "Soy actriz para no morir", habría pensado sentada en un sofá mientras esperaba que algo cambiara.
En 1995 recibió el "León de Oro" a la carrera, en Venecia.
Desde hace años que no aparece en público. Dicen que está enferma, que podría tener Alzheimer... la imaginamos, sin embargo, indómita.
En 1988 el diario Le Monde publicó la noticia de su muerte. Mónica agradeció a los periodistas por la gaffe que, dijo, le había alargado la vida. ¡Qué clase!
Tal vez hubiera podido pronunciar aquella recordable frase (tomada de una poesía de la anarquista Amelia Rosselli) de la película Desierto Rojo, de Antonioni: "Me duelen los cabellos". Nosotros hubiésemos entendido. Felicidades Mónica. © LA GACETA
Cristiana Zanetto - Periodista italiana de medios gráficos y televisivos.