Hay días tan tristes que el sol más brillante parece una estrellita lejana y apagada. Días en los que no se acarician las teclas; se las martilla. ¿Cuánto vale una vida? ¿Cuánto vale la vida de un chico? ¿Cuánto vale la vida de esas nenas que marchaban a un retiro espiritual y un tren les arrolló el porvenir? ¿Cuántas futuras novias, esposas, madres, o -nada menos- simples enamoradas de cada amanecer? ¿Cuántas artistas, escritoras, periodistas? ¿Cuántas ingenieras, médicas, abogadas? ¿Cuántos sueños se deshicieron de un plumazo en esa vía maldita?
Hay días en los que la frustración y el desánimo se enroscan en el espíritu. Días en los que asistimos con la mayor de las vergüenzas a una pública y apresurada adjudicación de culpas. Cataratas de "yo no fui", a escasas horas del horror. Toda muerte es atroz, y si de niños se trata, el dolor se multiplica.
Hay días, estimado lector, en los que escribir resulta tan difícil como caminar con grilletes en el desierto. Días en los que el mundo nos parece mucho más injusto de lo que es.