Se lo conoce desde la época de Hipócrates. Hace más de 2.400 años, el Padre de la Medicina lo bautizó como apoplejía, que en griego significa parálisis, es decir la suspensión súbita y completa de la acción cerebral, debido a una muerte repentina de las células del cerebro causada por una falta de suministro de oxígeno al cerebro. En las últimas décadas, el accidente cerebrovascular (ACV) -como se lo denomina actualmente- fue ganando víctimas hasta posicionarse como la segunda causa de muerte y la primera de discapacidad en adultos. En nuestro país, una personas lo sufre cada cuatro minutos y en el mundo, cada seis segundos; fallecen 23.000 argentinos al año. Afecta más a hombres que a mujeres, es frecuente entre los 65 y 70 años, aunque puede suceder a cualquier edad. En la Argentina, ocurren entre 100.000 y 190.000 episodios por año.

Hay dos tipos de ACV: los isquémico (80% de los ataques) se producen por una obstrucción o una reducción del flujo sanguíneo en una arteria que irriga a el cerebro, mientras que los hemorrágicos se deben a la ruptura de una arteria en el cerebro provocando una hemorragia intracerebral (el 15%) o a una ruptura de un aneurisma provocando una hemorragia subaracnoidea (el 5%). La Organización Mundial de la Salud ha designado al 29 de octubre como el Día Mundial del Ataque Cerebral.

Según un especialista tucumano que presidió la Sociedad Argentina de Neurología, los efectos de un ataque cerebral son a menudo permanentes porque las células cerebrales muertas no se pueden reemplazar. "Afortunadamente, por medio del reconocimiento temprano de los signos de un ACV, la búsqueda inmediata de atención médica y el rápido inicio del tratamiento reducen los daños y hasta la muerte", sostuvo.

Uno de los principales factores de riesgo es la hipertensión arterial, causante de los infartos cerebrales o cardíacos. También influyen el sedentarismo y la obesidad, el colesterol elevado que obstruye las arterias, incluidas las que van al cerebro, el tabaquismo que incrementa entre un 50% y un 70% el riesgo de ACV, sobre todo en las mujeres; la diabetes (los que padecen este mal constituyen el 22% de los accidentados cerebralmente). El consumo excesivo de alcohol tiene estrecha relación con el riesgo de sufrir hemorragia cerebral. La apoplejía puede dejar distintos tipos de secuelas la hemiplejía ( parálisis de un lado del cuerpo), la afasia (dificultades con el habla y el lenguaje) o disfagia (dificultad al tragar). También ocasiona la disminución del campo visual y problemas de percepción visual, la pérdida de control de las emociones y cambios de humor. Existen efectos asimismo consecuencias emocionales, como depresión y frustración, apatía y falta de motivación y trastornos cognitivos (problemas de memoria).

Para prevenir esta y otras afecciones de nuestro tiempo que se han convertido en las principales causas de muerte, sería importante que desde edad temprana, se dictara una asignatura sobre salud y nutrición que permitiera tomar conciencia de cómo llevar una vida sana y evitar varias enfermedades que son, en muchos casos, consecuencia de los excesos o deficiencias en la alimentación, del estrés, de las adicciones, de la falta de actividad física. Si lográramos incorporar información, conocimientos, hábitos saludables desde la niñez, posiblemente descenderían estas dolencias y podrían evitarse muertes por estas causas.