Desde el martes la sala Orestes Caviglia está habitada por adolescentes, arriba y abajo del escenario. Más de 600 chicos están mostrándose, unos a otros, lo que son capaces de expresar con gestos y palabras. Quienes serán los hombres y mujeres de mañana están aprendiendo hacer y apreciar teatro, y generando "procesos de construcción de significación y sentido". Así lo definió la profesora Gladys Mottes, investigadora y directora del Instituto de Arte y Educación de la Facultad de Artes.

Acción y reflexión

En esta construcción de espacios de participación, juntos, docentes y alumnos, han tomado decisiones y se han comprometido a expresar deseos e ideales; dolores y esperanzas, al tiempo que van descubriendo nuevas formas de expresarse.

Algunas veces encuentran su manera de decir lo suyo con palabras ajenas: de Chejov, Laferrere, Shakespeare, Vacarezza... Otras, las más, son creaciones colectivas, es decir, obras en las que actores y autores coinciden, y que generalmente nacen de la improvisación. Esta suele ser reflejo de lo que cada uno lleva adentro. Algunas veces, gestos y palabras cuentan con el apoyo de escenografías y vestuario, especialmente si hay que ubicarse en otros tiempos, o en otras geografías. Otras veces unos pocos objetos bastan, porque lo que se cuenta forma parte de la vida cotidiana.

Ese contraste se vivió ayer, y lo cierto es que los espectadores/actores disfrutaron de ambas propuestas.

"El conventillo de la Paloma", clásico de Alberto Vacarezza, fue adaptado para los alumnos de la Escuela de Comercio Nº1 Gral. Manuel Belgrano. Dirigidos por Karina Ungherini, ellos despertaron sonoras carcajadas en las plateas.

Antes, los chicos de la Escuela Secundaria Yerba Buena habían trabajado "El valor de una decisión", texto de su directora, Julia Sáez.

"Cuando empezamos a trabajar los chicos coincidieron en que querían transmitir un mensaje. La obra se refiere a la donación de órganos. Fue muy interesante la experiencia; contamos con el apoyo de las otras áreas, especialmente de Plástica, y nos dimos el lujo de tener en el escenario a la orquesta de la escuela haciendo música en vivo", resaltó Sáez.

Las alumnas Lourdes Ruiz y Cristal Pérez coincidieron con ella. "Yo había estado en un escenario ya con la orquesta -comentó Lourdes, mientas abrazaba su viola-, pero esta vivencia fue única".

Cerraron la mañana los chicos de primer año de la Escuela Media El Cadillal, dirigidos por Paola Robles. En la platea, María Morales y Noemí Villagra sufrían tanto como sus hijos, que se preparaban tras bambalinas. "Es la primera vez que vengo a un teatro -dijo emocionada María- y lo mismo les pasa a los chicos. Están muy nerviosos, pero también muy felices. Cuando a mediados de año la profesora les propuso el proyecto se entusiasmaron enseguida; casi la mitad del curso participó".

Comprometidos

Poco después se apagaron las luces: "El Cadillal, un lugar para soñar" daba comienzo. Sostenidos por unos pocos objetos de utilería, los pequeños actores principiantes ("tienen apenas 12 años", contó la orgullosa directora después de la función) desplegaron sobre el escenario, con toda su frescura, lo que les preocupa.

Su Cadillal -dice la obra- podrá ser un lugar de ensueño para los visitantes, pero ellos allí viven otra historia.

Un paño celeste sostenido por unas piedras -el lago- permaneció constante, mientras a su lado se jugaban los distintos cuadros: un padre borracho que trata a los gritos a su familia; una madre que, prendida de la TV, es incapaz de alimentar a su hijo; adolescentes que maltratan al diferente, lo fuerzan a fumar y lo introducen en el mundo que los chicos del Cadillal no quieren: el de la droga. Al final, sin embargo, el paño celeste se transformó en una bandera de la esperanza.