Encorvada sobre su bastón, Benita Ávila cruzó a duras penas el umbral de la Escuela Guillermo Griet. En seguida, un policía se le acercó para ofrecerle la posibilidad de sufragar en el cuarto oscuro accesible (COA) montado en la primera aula del establecimiento. Ávila, de 74 años, se dejó conducir hasta allí; se acomodó en un banco, y dedicó una mirada perpleja al dispositivo de voto para no videntes colgado en la pared mientras María Nieves Lencina, directora del establecimiento y delegada, colocaba las boletas en los "bolsillos" del panel. "Faltan las del Frente para la Victoria, pero hablé al Juzgado y no me dieron respuesta. De todos modos, dudo de que este sistema sirva para algo", explicó Lencina. Ávila no hesitó y en un rapto de honestidad opinó: "¿qué es esto? ¡No entiendo nada!".

Más interrogantes que soluciones han generado los COA en su debut oficial en los comicios nacionales. Las medidas para mejorar la "accesibilidad" prevista en la Ley 26.571 (regula las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias -PASO-, las boletas de colores y la propaganda proselitista a cargo del Estado) no aumentaron sustancialmente los niveles de inclusión de votantes con discapacidades y movilidad limitada, un grupo heterogéneo que incluye a ancianos, embarazas, ciegos, sordos y ciudadanos con enfermedades "invisibles", como las cardiopatías y las patologías mentales.

Para comenzar, muchos potenciales usuarios del COA ignoraban que este existía y que cada escuela debía tener el suyo. "No sabía que podía votar en la planta baja. ¡Con lo que me duele la rodilla! Las escaleras son un peligro para mí... Ahora que cojeo me doy cuenta de que muy pocos edificios están preparados para la gente que no puede caminar", se lamentó Yolanda Medina apoyada sobre la baranda del Instituto Técnico, que no dispone de ascensor. Una pena porque el COA estaba al alcance su mano, en un aula próxima a la entrada identificada con el cartel que distribuyó la Dirección Nacional Electoral.

La mesa 91 del Técnico fue una excepción: en general, las escuelas tuvieron dificultades para implementar el dispositivo de votación para no videntes y votantes con visión reducida diseñado para el COA. La mesa 11 de la Normal Juan Bautista Alberdi no exhibió el cartel y colocó el panel sin las boletas ("la directora no quiso ponerlas", comentó una de las autoridades); en la Escuela Mitre y en el Instituto de las Hermanas Esclavas del Corazón de Jesús faltaban las papeletas del Frente para la Victoria -al igual que en la Griet-, y en la Escuela N°32 Alfredo Palacios (Colalao del Valle) no hubo COA: el dispositivo para no videntes nunca salió de la dirección.

Además, el mecanismo destinado a facilitar el voto de los ciegos no fue precisamente sencillo de usar, como apuntó Gustavo Robles Viaña, presidente de la mesa 91 del Técnico. El no vidente sólo podía "leer" con sus manos los números de las listas colocados encima de los bolsillos de plástico que contenían las diferentes boletas (las mismas papeletas usadas en el cuarto oscuro común). Es decir, que no habría podido votar por sí mismo el ciego que no hubiese tomado la precaución de memorizar el número de la lista elegida, puesto que no había disponible ningún listado de referencia en braille.

Más que signos, la gente elige caras, y nombres y apellidos. "Este sistema le pide al votante no vidente que sepa más que uno que no tiene problemas de visión", acotó Robles Viaña, que añadió que estaba preparado para asistir en el cuarto oscuro a los electores discapacitados. O sea que allí donde faltó buena voluntad y sentido común, el COA no pudo hacer demasiado para que las elecciones sean más "accesibles" e inclusivas.