Hace varias décadas, cuando los grandes estudios reinaban en Hollywood, el temperamental director norteamericano Cecil B. De Mille estaba en mitad del rodaje de una de sus primeras películas históricas de tema religioso. Cuentan que una mañana, el realizador debía filmar una escena en la que Jesús se reunía con sus discípulos. Cuando llegó al set, su ayudante -para adelantar el trabajo- había dispuesto el decorado según el guión: luces tenues; 13 actores vestidos con túnicas blancas que contrastaban con el azul fuerte del cielo, y un clima de recogimiento que invitaba a la oración. Cuando De Mille vio el conjunto, estalló de ira. "Esto es una porquería -gritó-. Quiero más gente, mucha más gente". El asistente le explicó que los apóstoles sólo eran 12. Pero el irascible realizador bramó: "quiero por lo menos 50 apóstoles, ¿me entienden? Yo hago películas, no obras de arte, así que a mí me ponen los apóstoles que pido o no hay más filme. Hollywood es una fábrica, una industria; y no quiero seguir perdiendo el tiempo".
La escena de "Rey de reyes" se filmó como él quería y la película fue un éxito de taquilla. Claro que, en aquellos años, Hollywood era mucho más que una ciudad glamorosa. Comenzaba a convertirse en lo que es hoy: la sede de una industria poderosa que rige los sueños de todo el mundo, impone tendencias y hasta suplanta culturas. Basta considerar los efectos que causan en nuestra sociedad los filmes de Harry Potter o las costosas producciones de Steven Spielberg. Y esto es así porque el cine es un excelente vehículo de promoción para cualquier país, inclusive, el nuestro. Precisamente, una chispa de esa magia brilló días atrás en Tucumán, y demostró que el séptimo arte está dejando de ser un género esquivo. Se lo percibió no sólo en los jóvenes y talentosos estudiantes de cine que presentaron sus trabajos en el Festival de Cortos Cortala! sino también en los realizadores consagrados que presentaron sus filmes en el Festival de Cine. Gracias a estos dos encuentros octubre se convirtió en el mes de las películas: hubo proyecciones que tal vez nunca veremos comercialmente, charlas sobre la realidad actual de la industria y hasta debates sobre la mejor manera de filmar una historia. Asombró, sobre todo, la participación de jóvenes. Y eso habla de una saludable renovación.
Por otra parte, la preselección del filme "Aballay" en la carrera por los Oscar es una excelente oportunidad para colocar a la provincia en la vidriera del mundo. Una estrategia que puede generar muchos beneficios. Ahí está San Luis, que supo capitalizar sus bellezas a través del cine de una manera mucho más efectiva que el turismo propiamente dicho. Lo mismo sucede -en otra escala, por supuesto- con Nueva Zelanda, convertida en la nueva Meca del cine tras el rodaje de la trilogía "El señor de los anillos". Pero, además, gracias a estos encuentros pasaron por la provincia autoridades del Incaa, directores y actores de renombre, que pudieron ver con sus propios ojos lo que Tucumán es capaz de ofrecer en materia de infraestructura cinematográfica: envidiables paisajes, técnicos de primer nivel y entusiastas estudiantes de cine que ya se han lanzado a producir proyectos por demás interesantes. En este sentido, el encuentro organizado por el Ente Cultural resultó positivo en grado superlativo. Y algo más: fue la apuesta de distintos sectores por una industria que con toda seguridad puede convertir a la provincia en una "fábrica de sueños", como llamaba Orson Welles al cine. O en un espejo pintado, como decía Ettore Scola. No al estilo mastodóntico de Cecil B. De Mille, por supuesto. Pero sí con buen nivel y mejores perspectivas. Una industria de promoción netamente provincial, que es lo mejor.
La escena de "Rey de reyes" se filmó como él quería y la película fue un éxito de taquilla. Claro que, en aquellos años, Hollywood era mucho más que una ciudad glamorosa. Comenzaba a convertirse en lo que es hoy: la sede de una industria poderosa que rige los sueños de todo el mundo, impone tendencias y hasta suplanta culturas. Basta considerar los efectos que causan en nuestra sociedad los filmes de Harry Potter o las costosas producciones de Steven Spielberg. Y esto es así porque el cine es un excelente vehículo de promoción para cualquier país, inclusive, el nuestro. Precisamente, una chispa de esa magia brilló días atrás en Tucumán, y demostró que el séptimo arte está dejando de ser un género esquivo. Se lo percibió no sólo en los jóvenes y talentosos estudiantes de cine que presentaron sus trabajos en el Festival de Cortos Cortala! sino también en los realizadores consagrados que presentaron sus filmes en el Festival de Cine. Gracias a estos dos encuentros octubre se convirtió en el mes de las películas: hubo proyecciones que tal vez nunca veremos comercialmente, charlas sobre la realidad actual de la industria y hasta debates sobre la mejor manera de filmar una historia. Asombró, sobre todo, la participación de jóvenes. Y eso habla de una saludable renovación.
Por otra parte, la preselección del filme "Aballay" en la carrera por los Oscar es una excelente oportunidad para colocar a la provincia en la vidriera del mundo. Una estrategia que puede generar muchos beneficios. Ahí está San Luis, que supo capitalizar sus bellezas a través del cine de una manera mucho más efectiva que el turismo propiamente dicho. Lo mismo sucede -en otra escala, por supuesto- con Nueva Zelanda, convertida en la nueva Meca del cine tras el rodaje de la trilogía "El señor de los anillos". Pero, además, gracias a estos encuentros pasaron por la provincia autoridades del Incaa, directores y actores de renombre, que pudieron ver con sus propios ojos lo que Tucumán es capaz de ofrecer en materia de infraestructura cinematográfica: envidiables paisajes, técnicos de primer nivel y entusiastas estudiantes de cine que ya se han lanzado a producir proyectos por demás interesantes. En este sentido, el encuentro organizado por el Ente Cultural resultó positivo en grado superlativo. Y algo más: fue la apuesta de distintos sectores por una industria que con toda seguridad puede convertir a la provincia en una "fábrica de sueños", como llamaba Orson Welles al cine. O en un espejo pintado, como decía Ettore Scola. No al estilo mastodóntico de Cecil B. De Mille, por supuesto. Pero sí con buen nivel y mejores perspectivas. Una industria de promoción netamente provincial, que es lo mejor.