Por más fuerte que gritaran las víctimas, nadie iba a escuchar los pedidos de ayuda. Esa era la premisa que tenían ellos, los cinco integrantes de la primera banda de asaltantes y violadores seriales que azotó nuestra provincia. Planificaban todo. Llegaban a casas de campo donde vivían mujeres solas o matrimonios de ancianos; sembraban el terror con armas de fuego, amenazas e insultos; comían y bebían todo lo que hallaban en la cocina; levantaban todos los objetos de valor que encontraban a su camino; y, antes de marcharse, abusaban sexualmente de las indefensas finqueras. Pero, con el correr de los meses, fueron cayendo uno a uno. El último de ellos fue detenido gracias a un estudio genético basado en un pelo que detectaron los peritos la escena del hecho. Sin embargo, los investigadores aún no pueden descansar: todavía les falta arrestar a uno de los presuntos integrantes del violento grupo.

Hasta ahora, se confirmaron tres casos en los que actuó la peligrosa banda. Sin embargo, los expertos tienen la convicción de que fueron al menos 10 los ataques perpetrados por los asaltantes violadores. Y, como el patrón de conducta se repite, afirman que se trataba de delincuentes seriales.

Caso uno

Una noche de diciembre de 2009, un hombre de 77 años y su pareja, de 58, escucharon que alguien aplaudía fuera de su casa. "Disculpe -dijo uno de los desconocidos-, ¿me convidaría un vaso de agua? También necesitamos una llave para ajustar la cadena de la moto".

En esa desolada zona de El Mojón, Leales, la solidaridad es moneda corriente. Los delincuentes se aprovecharon de la confianza de la pareja. Uno sacó un arma de fuego; el otro redujo al dueño de casa. "¿Qué mirás, viejo hijo de ...? Yo no tengo asco para matar gente, y vamos a volver de nuevo. Los vamos a hacer m... matando", le gritaron, mientras lo encañonaban.

Aparecieron otros dos asaltantes. Revisaron cajones, armarios y cajas hasta encontrar $ 5.000, anillos de plata y de oro; dos ollas, ropa, toallones; sábanas,; dos pares de zapatillas, una escopeta y una carabina y un teléfono. Después, en una de las habitaciones, uno de los violentos ladrones le arrancó la ropa a la mujer y abusó de ella. Su cómplice trató de hacer lo mismo, pero la víctima pudo resistir en su caso. Ya en la madrugada, los bandidos del terror vaciaron la heladera, tomaron cerveza, levantaron el botín, subieron a sus motos y se marcharon. Sin embargo, pocos días después volverían a atacar en esa zona, con la misma violencia.

Caso dos

Poco antes de la medianoche, una mujer de 69 años se despertó porque escuchaba que había un caballo en su galería. "Debe ser el del vecino", pensó. Su pareja se levantó de la cama para atarlo. Cuando abrió la puerta, los asaltantes lo encañonaron con un arma de fuego. Los golpearon y los amenazaron con matarlos si no entregaban el dinero; esta vez no abusaron sexualmente de la dueña de casa. Sí comieron todo lo que había en la heladera y tomaron cerveza. Robaron $ 900, remeras, camisas pantalones, tres toallones, un par de botines, un equipo de música, un tensiómetro, una licuadora, un televisor, un bozal, una soga, un látigo y un celular. Luego escaparon. Como no hay vecinos, nadie vio hacia dónde fueron.

Caso tres

Otra vez una finca del departamento Leales. Otra vez el mismo modus operandi. Otra vez una mujer que vivía sola. A los 61 años, no pudo oponer resistencia cuando la amenazaron. Ella no sospechó que iba a vivir un infierno cuando dos muchachos jóvenes llamaron a la puerta para pedir un vaso de agua. En pocos segundos, la tenían en el suelo, golpeándola y gritándole que la iban a matar de un tiro. "No te hagás la loca que adentro hay dos más de nosotros", le advirtieron.

La ataron y la dejaron encerrada en una habitación. Así, tuvieron tiempo de encontrar $ 1.700, un par de zapatillas, un revólver, un par de estribos, un látigo, un nebulizador, un bozal, una licuadora y una soga.

Los asaltantes carnearon dos lechones y dos pollos dentro de la casa. Los asaron y los acompañaron con cerveza. Después, destrozaron todo lo que había a su paso. Antes de marcharse, abusaron de la dueña de casa. Hicieron que se bañara, volvieron a atarla y uno de ellos también se dio una ducha. No se percató de que había dejado un cabello en el jabón.

Un dominio total

"Se trataba de un caso complejo porque partimos de que actuaron autores desconocidos para las víctimas, en zonas descampadas, de noche. Además, la banda realizaba un trabajo de inteligencia previo, y así podía tener un dominio total de la situación", explicó el comisario Miguel Gómez, jefe de la División Homicidios y Delitos Complejos. En el caso de los asaltantes violadores tuvieron que intervenir varias dependencias: Anticuatrerismo de la Regional Este; personal de las comisarías de Leales y de Simoca; Policía Científica y de Homicidios, que también coordina el comisario Hugo Cabeza. Ante todo, los investigadores determinaron que había un patrón de conducta que se repetía en los diferentes casos producidos durante ese año. Sin embargo, sólo pudieron encontrar pruebas firmes en los tres adjuntados a la causa, que estuvo a cargo de la fiscala Teresita Marnero. Así, se redujo el espectro de búsqueda a cuatreros que conocieran la zona; y, con otros datos más, se identificó a cinco sospechosos y se les tomó muestras de cabellos para cotejos de ADN. Dos de ellos fueron detenidos a mediados del año pasado. Luego cayó un tercero. Pero no había pruebas contra los dos restantes. Entonces, los investigadores enviaron las evidencias que hallaron en el lugar del hecho a Buenos Aires. Hace pocas semanas llegaron los resultados, que permitieron detener al cuarto miembro de la banda. El quinto, sin embargo, no fue encontrado.