El cristinismo, o neokirchnerismo, está próximo a cumplir el sueño de cualquier oficialismo gobernante: ganar una elección por más del 50% de los votos -según lo anticipan todas las encuestas de opinión- y tener en la otra vereda a una oposición dividida, fragmentada al extremo, con sus dirigentes peleados entre sí y manteniéndose con escasos espacios de poder institucional. Es el escenario ideal para comenzar una gestión, o continuarla: consolidación política a partir del respaldo masivo de los votos, hegemonía numérica en el Congreso y mayoría de mandatarios provinciales afines, algunos convencidos y otros sometidos. Ese cuadro es el anhelo hecho realidad de cualquier dirigente político con aspiraciones: todas las instituciones y sus hombres encadenados a su voluntad, marchando en la misma dirección.

¿Es peligroso? Cualquier tentación conlleva sus riesgos y, en ese marco, lo único que pueden crujir son las instituciones. Sin embargo, los resultados están diciendo que una gran mayoría de ciudadanos está satisfecha con la realidad, haya sido o no construida por una gestión. Una mayoría del electorado no quiere cambios, ni piensa en el debilitamiento del sistema y de los organismos de control administrativos. Este es precisamente el último gran logro de los oficialismos que se fortalecen por sus propias habilidades y aciertos de gestión: integran las entidades de control y los otros poderes con gente de confianza. Lo pueden hacer, y lo hacen. Lo haría cualquiera en esa posición, nadie quiere que lo controlen cuando se tiene el poder absoluto; eso sólo es para los discursos.

La hegemonía es un virus de moda, en las actuales circunstancias. Cuando la situación se altere por las razones que fuere -viento de cola que cesa, errores de gestión o corrupción explícita- y se afecte la tranquilidad de los bolsillos, emergerán otros referentes ciudadanos que tendrán que convivir con los nuevos tiempos de ajustes y de consensos obligados. Y como los tiempos de bonanzas suelen aparecer, la clase dirigente que gobierne en esos momentos van a padecer aquel mismo virus. Ese esquema no ha sido superado, se repite y no sorprende, es el modelo a seguir, llámase como se llame la fuerza política sobre la que los electores depositen su confianza.

En suma, el poder se ejerce, no necesita de consensos y menos de controles molestos. Esos conceptos quedan para los reclamos opositores. Y seguirá siendo así, por lo menos en función de lo que se viene -según los resultados que se dieron-, ya que la oposición quedará relegada a un papel más que secundario; no habría segundo ni siquiera para el balotaje. Los opositores van a quedar condenados y limitados a pronunciar discursos exigiendo calidad institucional y mayor control de la gestión. Es el panorama que se pinta para los próximos años: hegemonía política e institucional de un lado y quejas y demandas del otro, insuficientes a la luz de la aplanadora oficialista, tanto a nivel nacional como provincial.

En el plano local, el alperovichismo puede estar más que tranquilo con el futuro: gobierna los tres poderes del Estado -impone a los amigos del poder en los puestos clave, el CAM es el último logro-, le responden los 19 intendentes y los 93 comisionados rurales, los organismos de control no implican una amenaza seria, la oposición está reducida a una mínima expresión de presión legislativa y, si lo desea, sopla y fabrica de inmediato otra reforma constitucional. Además, se lleva bien con el Gobierno nacional, al cual quiere hacer una ofrenda el domingo: conseguir las cinco bancas de diputados nacionales en juego. Todo un "vamos por todo" característico de estos tiempos de ejercicio hegemónico como método de poder.