La palabra discriminación tiene un significado curioso, porque es antagónico a su etimología: ese prefijo "dis" señala separación, distancia del sustantivo "crimen". Es decir que la etimología de discriminación apuntaría a no cargar con "crimen" o "culpa" a un sujeto o grupo cultural. Esa función de culpabilización está claramente aludida, en cambio, por el verbo "incriminar", donde el prefijo "in" no intenta separar a dicho sujeto o grupo cultural, sino todo lo contrario: involucrarlo en la culpa o crimen.
Una segunda curiosidad de la palabra discriminación es su uso despectivo: quien discrimina actúa de modo inmoral. Pero la discriminación es seguramente la función central de todo conocimiento: quien no discrimina, no distingue, vive en la confusión. Discriminamos cuando vemos una morera diferente de un nogal, cuando elegimos vegetales o carnes para alimentarnos, cuando escogemos amigos. Ensaye el lector si podría moverse en este mundo sin discriminar (distinguir, separar, no confundir todo con todo). Y verá que está metido en un asunto imposible.
Aceptemos, pues, que somos congénitamente discriminadores. Y lo mismo hacen los vegetales y los animales, claro está. Los lapachos no confunden la noche con el día y esperan a éste para cumplir la fotosíntesis. El gato hace igual con el ratón, el ratón con el queso, el queso con la temperatura para descomponerse o no, etc.
Y sin embargo parece juicioso el término discriminación cuando se lo esgrime contra comportamientos humanos racistas. En 1978 Unesco aprobó la Declaración sobre la raza y los prejuicios raciales en cuyo artículo 2, punto 1, dice: "Toda teoría que invoque una superioridad o inferioridad intrínseca de grupos raciales o étnicos que dé a unos el derecho de dominar o eliminar a los demás, presuntos inferiores, o que haga juicios de valor basados en una diferencia racial, carece de fundamento científico y es contraria a los principios morales y éticos de la humanidad".
Consigna moral compleja
¿Qué persona civilizada no aceptará esta consigna moral? Sobre todo en la primera parte. En la segunda parte ("o haga juicios de valor...") aparecen los problemas. Porque no tengo dudas en reconocer superioridad a los negros en sus performances en atletismo o boxeo, por ejemplo. Son casi siempre dueños de los récords. ¿Es eso un juicio de valor o una descripción sobre los hechos ("científicamente fundado", posiblemente, en asuntos de anatomía y fisiología)? Aceptemos provisionalmente que hay bases reales para sostener la "superioridad de la raza negra" en esos ámbitos que señalo. ¿Soy racista antiblanco al sostener esa afirmación? Mi respuesta es que no, si se trata de un juicio de conocimiento, un juicio que describe, no un juicio que valora.
Estos juicios -que parecen juicios de valor pero en realidad son afirmaciones racionales fundadas en el conocimiento- no deberían ser sospechados de discriminadores. Si afirmo "Los gibones son monógamos", por ejemplo, no hago elogio -aunque lo parezca- de los hábitos de esos primates, no discrimino despectivamente al resto de primates que practican la poligamia o la poliandria.
Pero está ocurriendo que en las sociedades humanas esas afirmaciones fundadas en conocimientos están siendo "políticamente incorrectas" cuando nos referimos a negros, judíos, homosexuales o mujeres, por ejemplo. Daré ejemplos sencillos de esta situación.
En una conferencia donde un intelectual judío exponía lo esencial del judaísmo, hice esta simple observación: Si la colectividad judía no constituye una "raza", pues se trata de una etnia, compleja, culturalmente mantenida -como pocas- a lo largo de milenios; si la mayoría no tuvo un territorio (ni vive en el actual), ni una lengua (muchísimos judíos hablan el idish, que es un alemán deformado), ni una religión que los empareje (muchísimos son agnósticos, la obra de Woody Allen es un vivo retrato de ellos), entonces ¿qué los identifica como grupo cultural para sentirse homogéneamente judíos? Mi pregunta era una pregunta por conocimiento. Y sin embargo rápidamente advertí que muchos de los presentes en la conferencia me atribuyeron antisemitismo. Pese a ser yo un admirador de los logros (democráticos, económicos, científicos) de Israel.
Algo semejante ocurrirá si hago preguntas de este tipo: ¿Por qué no hay un premio Nobel en ciencias que sea negro? ¿Qué ocurre si en una alianza matrimonial entre lesbianas nace un hijo? ¿Acaso la madre que lo engendró no pasa a ser madre soltera en nuestra legislación, ya que su pareja es otra mujer y no puede ser padre?
La primera pregunta no presupone (aunque parezca hacerlo) inferioridad intelectual de los negros. La segunda no discrimina a los homosexuales (aunque parezca hacerlo) sino más bien señala una probable inconsecuencia en nuestra legislación.
Se trata de preguntas que buscan conocimiento, no discriminación o racismo. Y sin embargo hay un consenso tácito que tal género de interrogantes son discriminatorios. El eje del asunto parece ser la confusión entre juicios valorativos y juicios de conocimiento.
Pero aún en el orden de las valoraciones que hacemos, la cuestión está lejos de ser suficientemente clara. Si se me pregunta en una encuesta si quisiera vivir en una villa miseria, naturalmente diría que no. ¿Ello me convierte en discriminador?
Una fórmula cristiana
La fórmula de Unesco, a mi juicio, está inspirada en esta breve fórmula cristiana que recoge la sabiduría de toda la historia de la humanidad: "No hagas a tu prójimo lo que no quieres que te hagan".
Y se trata de una fórmula moral, valórica, no de conocimiento. Lo mejor de la historia humana camina en esa dirección.
Una manera simple de saber cuándo nos enfrentamos a la real discriminación y al racismo es reconocer en ellos su pretensión de conocimiento, su presunción de estar fundados en un saber y desenmascarar ese supuesto conocimiento como una superchería más. El discriminador y el racista creen emitir "conocimiento" y sólo formulan odio. © LA GACETA
Jorge Estrella - Escritor, doctor en Filosofía, ex profesor de Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Chile.