Cuando a fines de 1949 Perón puso fin a la gran huelga de obreros y empleados de la industria azucarera tucumana, reveló un componente inherente a la naturaleza del movimiento peronista: su pragmatismo. Entonces, la condena tomó forma de lección. Perón condenaba a los huelguistas y a la huelga que obstruía el camino de producción que -sostenía- la Argentina transitaba. Sin embargo, en los años previos, el gobierno peronista había reconocido la legalidad de las protestas sociales en sus diferentes formas. Mientras el "veranito de San Juan" económico propio de finales de la década del 40 lo permitió, el carácter redistributivo de las políticas oficiales fue acompañado de un principio de tolerancia, donde el capital y el trabajo estaban llamados a convivir pacífica y armoniosamente. Pero ni bien aparecieron los síntomas más explícitos del final de la "primavera peronista", el discurso y la práctica sobre la protesta social asumió otro color.

Hoy, la mayoría de los países de Latinoamérica transita por caminos de bienestar económico. Luego de una larga y traumática década de políticas neoliberales, eso les permite sostener (salvo excepciones como Chile) estrategias públicas asentadas sobre Estados que vuelven a presentarse como reguladores de un orden social, bajo un capitalismo humanizado que, sin poner en riesgo lo esencial de los modelos vigentes, ofrezca al trabajador una participación -asimétrica y desigual, es cierto- que acerque los valores relacionales a la idea de justicia social.

La Argentina vive su propia primavera con indicadores extraordinarios que dan cuenta de una explosión del consumo y de un estado de bienestar similar al de los años originales del peronismo. Sobre esas variables, más coyunturales que estructurales, la idea de la protesta social fue vaciada de contenido, presumiendo que el desprecio al bienestar indiscutible tiñe con fines políticos cualquier opción por la protesta y la demanda. La retórica kirchnerista tradujo una posición que definió la misma actitud de tolerancia hacia las protestas rechazando el uso de la fuerza y la represión como sistema.

Nada parece indicar una tendencia definida hacia la criminalización de la protesta en el país. Pero como buenos discípulos de Perón, muchos de nuestros gobernantes ciñen las respuestas a las circunstancias.

La capacidad de adaptarse a las diferentes coyunturas hizo del peronismo un movimiento singular. Ojalá cuando sobrevengan días tormentosos, los principios no sean trocados por otros marcados por las necesidades de la hora. Porque entonces, los principios dejarán de serlo.