Está claro que los que mayor estabilidad laboral poseen son los 80.000 empleados públicos. Quien ingresa al sector público lo hace con esa idea, de asegurarse cierto ingreso que, en alguna medida, le permita satisfacer sus necesidades. Claro que muchos estatales ocupan otras horas del día en otras ocupaciones que le garanticen una remuneración capaz de superar los $ 2.500 mensuales, el límite de ingresos familiares para no caer en la pobreza.
Salvo en períodos estacionales, como el del consumo del diciembre que alienta la empleabilidad mercantil, la tasa de empleo en Tucumán durante el resto del año se mantiene estable. Y, al parecer, los pocos puestos que se crean tienen destino de informalidad. Los empresarios suelen reconocer, en voz baja, que los elevados costos no les permite generar trabajos permanentes. Y que sólo pueden crearlos en la medida que la productividad o las ventas repunten.
Tucumán está condenado a integrar el grupo del 40%, ese que integran fundamentalmente los aglomerados urbanos del NOA y del NEA, dos zonas en el que la precariedad se instaló desde hace mucho tiempo. Y vive muy cerca de la pobreza. Hasta comparten una línea divisoria que se construyó en base a los planes Argentina Trabaja, mediante los cuales, las cooperativas le dan ingresos a 15.000 beneficiarios, por un tiempo determinado.
Tal vez esa es una de las explicaciones acerca de un fenómeno cada vez más profundo: ese que muestra -según el Indec- que mientras la tasa de desocupación desciende por el ascensor, a una velocidad del 4,4%, el empleo en negro lo hace por la escalera, un escalón cada año. Un poco por la actitud de los empresarios que no están dispuestos a asumir más costos; otro tanto por los escasos controles estatales.