Ya llegó al lado más alto del camino. Pero como en toda montaña rusa, el descenso puede ser tan rápido como brusco. El gobernador, José Alperovich, obtuvo el domingo un respaldo abrumador que puede durarle tan poco como el vuelo de una mariposa en primavera. Porque arrancará su tercer mandato con una pila de avales, pero con un pecado de origen: ya no puede ser más reelecto.
En política, la llave del poder siempre está en manos del que manda. Por eso, quien conduce siempre anhela tener la posibilidad de ser elegido o, en su defecto, de elegir a quien lo sucederá. Alperovich se encuentra bajo esta última hipótesis, al menos en lo inmediato. Ni siquiera tiempo para celebrar la aplastante victoria tendrá. De aquí al 29 de octubre deberá definir una estrategia para emprender el tercer mandato a sus anchas: cómo retener el poder para, en 2015, retener el Gobierno.
El gobernador irá por los 12 años de gestión con un gabinete avejentado. Con ministros que llevan prácticamente el mismo tiempo que él en la Casa de Gobierno. Sólo basta con ver los rostros agrietados de funcionarios cansados y faltos de reflejos para tener una dimensión de cuán negativo puede resultar el paso del tiempo en el ejercicio diario del poder. O con detenerse un segundo a tomar nota de las internas y los pisotones que se repiten en un gabinete con integrantes que ya se perdieron el respeto: algunos ni siquiera se miran, y otros se insultan a través de los diarios.
El alperovichismo es hoy una usina de intrigas. Quizá por eso el mandatario emprendió un viaje de meditación. En Medio Oriente Alperovich escuchará las profecías del oráculo Mansilla-Gassenbauer y, seguramente, cuando vuelva anunciará las decisiones. Los que se quedaron intercambian versiones y azuzan fantasmas, pero todas esas hipótesis terroristas chocan con un antecedente irrefutable: el gobernador es un hombre conservador respecto de su gabinete.
Todos coinciden en que el mayor desgaste lo sufrieron los abrumados Mario López Herrera (Seguridad) y Pablo Yedlin (Salud), claramente desbordados por los últimos escándalos gremiales y laborales en sus áreas. Pero las elecciones dejaron hilachas de poder al ministro de Gobierno, Edmundo Jiménez, vapuleado por el tándem Mansilla-Jaldo. Hay un rumor que se repite y que supone un presunto reto del gobernador al ministro, días antes de los comicios: "es la última vez que vos me armás acoples", pretende la versión que le dijo en la puerta de su casa.
Si Alperovich no define qué hacer, un día después del inicio de su tercer mandato la montaña de votos se le vendrá encima. Y no necesariamente por un levantamiento popular, sino porque los oficialistas comenzarán a rastrear por dónde pasará el poder.
El domingo, varios ya se movieron pensando en lo que pasará dentro de cuatro años. El amayismo es un bloque independiente que arma sin consultar; el manzurismo es un espacio más pequeño pero que genera recelos; el bettismo es un sector con dirigentes propios en la Casa de Gobierno, en la Justicia y -próximamente- en la Legislatura; y el jaldismo sueña con cobijar para sí ese espacio alperoperonista residual.
O el gobernador corta de raíz el crecimiento de esos pastizales o tendrá, luego, que fumigar. De ahí que algunos referentes ya hablan de cambios en el sistema electoral, una excusa para potenciar las versiones reformistas y mantener viva la teoría de la reelección indefinida. Hoy, ni siquiera el propio Alperovich tiene decidido qué hará. Pero sí sabe que algo tendrá que hacer si no quiere sentir el cosquilleo y las náuseas típicas de un brusco y rápido descenso.