Mariano Rajoy se muestra eufórico hacia afuera del Partido Popular (PP), con el discurso de que le impuso al presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, el adelantamiento de las elecciones de marzo de 2012 al próximo 20 de noviembre. Puertas adentro, la derecha teme que su llegada al poder se frustre por cinco causas concurrentes, las mismas en que confía el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) para retener el Gobierno del país.
La primera es el achicamiento de la distancia en intención de voto para cada partido entre ambas agrupaciones. Si bien el PP mantiene el primer lugar, en las encuestas bajó de 10 a 7 puntos la diferencia sobre el PSOE desde el lanzamiento de Alfredo Pérez Rubalcaba para el máximo cargo por el socialismo.
Además, el ex vicepresidente supera cómodamente a Rajoy en la evaluación de los ítems confianza, prestigio personal y valoración ciudadana; el 40% de los consultados lo prefiere como próximo Presidente, más que el apoyo que tiene el PSOE (las cifras son de un reciente sondeo de la principal consultora española, el Centro de Investigaciones Sociológicas).
Tercero, los socialistas confían en una recuperación (aunque sea leve) en los índices más preocupantes de la economía, con una reactivación global y el aumento estacional del empleo por la temporada turística del verano europeo. Los trabajos transitorios en este sector permitirían reducir el 45% de desocupación entre los jóvenes; la expectativa es que se traduzca en votos a favor de mantener la actual gestión.
Planteo ideológico
El candidato socialista ha endurecido su discurso ideológico, para chocar frontalmente en ese campo con la derecha liberal. Este cuarto punto lo aleja de los desaguisados de Rodríguez Zapatero y le permite mostrarse como una alternativa desde el seno mismo de la continuidad política de la izquierda.
El último es el eventual desarme de la ETA, que podría ser anunciado en los próximos dos meses por la banda independentista vasca. Pérez Rubalcaba lo puede presentar como un triunfo propio, luego de años de contactos indirectos y presiones públicas. Lograrlo sería un mérito de alto resultado electoral.
Hay otras variantes más que influirán, pero lo evidente es que ahora se abre otra etapa en el debate político español. La pregunta central es si España tendrá el suficiente grado de autonomía como para elegir un rumbo propio en vez de seguir los dictados del ajuste internacional en las cuentas públicas, sea quien sea el que triunfe. Esto es lo que piden cientos de miles de indignados. De lo que hagan los desencantados, que reclaman cambios de fondo, dependerá el triunfo de uno u otro, no sólo si votan por Pérez Rubalcaba, por Rajoy o por alguna opción: también podrán definir los comicios si no sufragan o si lo hacen en blanco.
La primera es el achicamiento de la distancia en intención de voto para cada partido entre ambas agrupaciones. Si bien el PP mantiene el primer lugar, en las encuestas bajó de 10 a 7 puntos la diferencia sobre el PSOE desde el lanzamiento de Alfredo Pérez Rubalcaba para el máximo cargo por el socialismo.
Además, el ex vicepresidente supera cómodamente a Rajoy en la evaluación de los ítems confianza, prestigio personal y valoración ciudadana; el 40% de los consultados lo prefiere como próximo Presidente, más que el apoyo que tiene el PSOE (las cifras son de un reciente sondeo de la principal consultora española, el Centro de Investigaciones Sociológicas).
Tercero, los socialistas confían en una recuperación (aunque sea leve) en los índices más preocupantes de la economía, con una reactivación global y el aumento estacional del empleo por la temporada turística del verano europeo. Los trabajos transitorios en este sector permitirían reducir el 45% de desocupación entre los jóvenes; la expectativa es que se traduzca en votos a favor de mantener la actual gestión.
Planteo ideológico
El candidato socialista ha endurecido su discurso ideológico, para chocar frontalmente en ese campo con la derecha liberal. Este cuarto punto lo aleja de los desaguisados de Rodríguez Zapatero y le permite mostrarse como una alternativa desde el seno mismo de la continuidad política de la izquierda.
El último es el eventual desarme de la ETA, que podría ser anunciado en los próximos dos meses por la banda independentista vasca. Pérez Rubalcaba lo puede presentar como un triunfo propio, luego de años de contactos indirectos y presiones públicas. Lograrlo sería un mérito de alto resultado electoral.
Hay otras variantes más que influirán, pero lo evidente es que ahora se abre otra etapa en el debate político español. La pregunta central es si España tendrá el suficiente grado de autonomía como para elegir un rumbo propio en vez de seguir los dictados del ajuste internacional en las cuentas públicas, sea quien sea el que triunfe. Esto es lo que piden cientos de miles de indignados. De lo que hagan los desencantados, que reclaman cambios de fondo, dependerá el triunfo de uno u otro, no sólo si votan por Pérez Rubalcaba, por Rajoy o por alguna opción: también podrán definir los comicios si no sufragan o si lo hacen en blanco.