Da algo de vergüenza el simple hecho de imaginarlo. Seguramente, muchos de los turistas que hoy recorren el Paseo de la Independencia y que hacen cola para ingresar a la Casa Histórica se llevarán un oscuro souvenir de su visita a Tucumán: el paisaje con el que los recibió la ciudad. Porque el estado en el que se encuentran la autopista de Circunvalación y su entorno es una triste manera de darle la bienvenida a quien eligió pasar sus vacaciones en la provincia.

Entre la zona del Mercofrut y el acceso Norte, esta enorme vía de cuatro carriles parece un rosario de desgracias. Durante el verano, los enormes yuyales -alimentados por la lluvia y por la desidia de quienes debían mantener el entorno en buen estado- reducían la visión. Ahora ocurre lo contrario: al haber poco pasto, los kilómetros de basurales quedan más a la vista que nunca. Y en cualquier momento del día es posible observar a carreros y a automovilistas en el momento en que arrojan residuos en las banquinas y en el espacio entre las dos trochas.

Los baches obligan a reducir la velocidad. Parece una ironía, pero gracias a esto el conductor corre menos riesgos de terminar arrollando a los animales y a las personas que cruzan indiferentes el camino. Si a todo esto se le suma que la señalización no es la mejor y que casi no hay controles, más que una bienvenida este paisaje parece una invitación a seguir de largo.