Oslo parece una ciudad fantasma. La gente está horrorizada y consternada, aún más por el hecho de que los atentados terroristas del viernes se perpetraran "desde el corazón de la sociedad", al parecer desde las filas de la derecha radical, hasta ahora en un segundo plano de las preocupaciones del país.

Oslo está paralizada. Donde todo era actividad apenas se veía ayer a nadie. Fuera de la zona cercada en el barrio del Gobierno estaban algunos grupos de personas cuyos rostros reflejaban la consternación. Bajo un cielo plomizo, la bandera noruega ondeaba a media asta. La calle Akersgata, bloqueada por los soldados, está llena de cascotes e incluso puede verse sangre en la piedra cercana a un árbol. Al lado, un par de zapatos tirados en el pavimento. El restaurante Deli de Luca está totalmente destruido: las puertas de la entrada arrancadas por completo.

En la calle perpendicular, la fachada de vidrio del edificio del diario VG está destruida en cuatro de sus cinco plantas. Una escultura corona la montaña de escombros.

Ante el ayuntamiento de Oslo, el alcalde Fabian Stang mira a una ciudad que con un solo golpe se ha convertido en otra. ¿Cambiará esto a una sociedad noruega conocida por su amor a la paz y por su tolerancia? "Creo que no", responde Stang. Ahora el respeto a los muertos pide "que esta ciudad sea aún más segura y abierta, y que la relación con los otros sea aún más respetuosa". Noruega utilizará esta horrible situación "para desarrollar una sociedad mejor", dice.

"La sociedad en Noruega es muy tolerante (afirma el conductor de taxis Mohammad que llegó de Pakistán hace 19 años pero no quiere dar su apellido), pero nos preocupan los extremistas de derecha". Está aliviado de que no se confirmaran las sospechas de un trasfondo extremista islamista.

Oslo llora a sus muertos. En la Catedral se congrega la gente que busca apoyo de la comunidad; se han depositado flores, velas y pequeñas banderas noruegas. El tiempo es de silencio y Oslo aguanta la respiración.