El kirchnerismo está necesitando urgente un jefe de campaña. A la luz de sus últimos tropiezos es evidente que al oficialismo puede llegar a no alcanzarle solamente el carisma de Cristina Fernández, el activo de mayor peso específico que tienen para aspirar a la reelección. Hay tantos errores de concepción e instrumentación del operativo continuidad que el Gobierno se ha convertido en el mejor propagandista de la oposición, algo que le ha hecho decir en privado a un caracterizado hombre del duhaldismo que "es la Presidenta la que no quiere ganar".

Más allá de estas especulaciones, lo cierto es que sin Néstor Kirchner manejando los hilos, y a medida que se suceden los problemas y los percances electorales, la mesa chica de Olivos parece carecer del volumen político para desarrollar una tarea que se debe ejecutar con mucha muñeca y no con imposiciones flagrantes. No está la naturaleza del kirchnerismo, pero así se hace.

Lo que ha pasado a ser evidente es que el atributo de la altísima imagen que tiene la Presidenta hacia afuera se ha desperfilado puertas para adentro. Obligada, en la ocasión ella misma se ha dedicado a realizar el trabajo de orfebre que su esposo hacía de memoria, relevándola siempre de tan sutil e ingrato menester.

Sin casi nada de experiencia, Cristina se la jugó por imponer a los jóvenes de La Cámpora, nominaciones que armaron un tremendo zafarrancho y que sólo le aportaron a Daniel Filmus en la Capital menos de 14 % de los votos. Quedaron heridos por todos lados y muchos de ellos en provincias claves, sin contar con los desplantes que le hicieron a Hugo Moyano y a muchos intendentes del Conurbano, todos con ánimo de pasar factura el 14 de agosto. Un encargado de campaña con algo de pragmatismo y menos ideología debería estar dispuesto a remendar esos desaguisados, junto a reelaborar discursos que, por repetitivos, ya no sorprenden a nadie.

Menos les resultan verosímiles a esta altura a quienes no votarían por el kirchnerismo, las operaciones y disertaciones que se arman en las oficinas gubernamentales para enchastrar a adversarios, ya sea las denuncias que hasta ahora sólo son eso, en el caso de las encuestas que se le atribuyen al dúo Jaime Durán Barba-Mauricio Macri o las manifestaciones de Sergio Burstein, que convirtieron el acto de aniversario de la AMIA en un mitin partidario o las irritantes referencias, como las que la Presidenta hizo frente a Hermes Binner, en relación al crecimiento de Santa Fe "por debajo de la media nacional".

Con posterioridad y fuera de su atildado modo de ser, el ofendido gobernador salió a defender con los tapones de punta la performance provincial y puso el dedo en la llaga en otra característica señera del kirchnerismo: el estado de "crispación permanente" que propone el gobierno. Allí, frente a Cristina y a sólo cinco días de la elección santafesina, Binner fue silbado "y se acordaban de mi madre", dijo, en lo que pareció haber sido parte de la estrategia oficial para intentar polarizar la compulsa entre los candidatos de las dos fuerzas (Agustín Rossi, del FPV, y Antonio Bonfatti, del socialismo), intentando detener así el avance del macrista Miguel del Sel.

En esta ocasión Binner pudo hablar y eso lo dejó a tiro de la réplica presidencial, algo diferente a lo que había ocurrido en Rosario el 20 de junio, cuando el aparato kirchnerista armó al acto del Día de la Bandera a su antojo y los funcionarios santafesinos y rosarinos fueron acallados, escupidos e insultados. El mismo expediente de agresiones fue utilizado antes y después de la elección porteña, con la bronca inercial del bofetazo de la primera vuelta que manifestó brutalmente ?Fito? Páez, a quien siguieron el director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, el publicista Fernando Braga Menéndez y los durísimos dichos de dos ministros: Aníbal Fernández ("los pueblos tiene los gobiernos que se le parecen") y Alberto Sileoni ("Macri reivindica la dictadura").

Pero además, el caso de la Capital Federal y el de la provincia de Santa Fe tienen otro elemento en común que demuestra el estado caótico de la campaña kirchnerista, ya que los protagonistas del FPV han vuelto a tropezar con la misma piedra: Filmus y Rossi han coincidido en el chantaje, al decirles a los ciudadanos de ambos estados que únicamente si se encolumnan con el gobierno central van a poder disfrutar de sus favores. De algún modo, la Presidenta aludió a lo mismo, cuando puso como ejemplo a Santiago del Estero, provincia de alineamiento estrecho con la Casa Rosada, "que crece por encima de la media nacional". A Filmus los porteños le cascotearon el rancho 47 a 27, con pronóstico de otra paliza para el domingo, mientras que Rossi comprobará en horas nomás como le ha ido con esa estrategia.

En todas estas situaciones, un jefe de campaña que entienda qué cosa significa sumar nuevas voluntades, lo primero que haría es unificar el discurso para no ofender las autonomías provinciales, bajar los decibeles de agresión hacia los adversarios y luego, dejar de cazar dentro del zoológico, tarea que hoy hace el kirchnerismo a través de su aparato de prensa sólo para suministrarle alimento al fervor de su propia tropa, mientras que gratuitamente ayuda a victimizar a sus adversarios.

Así, lo dijeron sin pelos en la lengua los intelectuales filokirchneristas de Carta Abierta en la autocrítica que ha quedado expuesta en Internet: "Soy adicto a nuestros medios, pero me tienen podrido. Sólo me hablan a mí, me convencen a mí", sentenció el militante Ignacio Vélez. No sólo expresaron allí que la campaña de la Capital Federal fue "de cuarta, pobre en el peor de los sentidos, berreta y cobarde por no poner el cuerpo y dar la pelea por la Ciudad", sino que criticaron con dureza a quienes la condujeron y al propio Filmus por ejercer "una dirección política inhabilitada, ciega, muda, sin palabras, que no está en condiciones de balbucear nada".

Quien se dedique a coordinar de verdad la empresa de llevar a la Presidenta a renovar su mandato, antes debería tratar también de erradicar o al menos atenuar del imaginario colectivo del espectro anti K la sensación de que "en boca de mentiroso lo cierto se hace dudoso", crítica que estos votantes le endilgan al kirchnerismo desde varias aristas de diferente gravedad: las acusaciones de corrupción, las inauguraciones de obras inconclusas, la insistencia en negar a cara descubierta aún a costa de pasar por fabuladores en temas que no se pueden esconder (inflación en las góndolas o faltante de combustibles en las estaciones de servicio) y las operaciones sucias de la política asociadas a las elecciones.

En este punto, el prontuario del kirchnerismo denunciador no ayuda, sobre todo si se recuerdan los casos de Enrique Olivera (cuenta en el exterior), Francisco de Narváez (vínculos con la droga) o Jorge Telerman (título de licenciado) que luego quedaron en la nada.

Sobre las manipulaciones estadísticas de los precios, la percepción del kirchnerismo es que la población aún se mantiene al margen de las preocupaciones, debido a la ilusión monetaria que le generan los ingresos nominales. La apuesta es a que el modelo aguanta sin explotar, consideración que hacen también los economistas de la oposición.

Sin embargo, los deslices económicos que la gente percibe (gasto creciente, achicamiento del superávit comercial, estancamiento y probable baja de reservas) están teniendo su respuesta en el mayor ritmo de fuga de capitales que se nota en las estadísticas, algo propio de toda elección pero esta vez con cierto reparo adicional ante lo que se observa como un dólar cada vez menos competitivo y otras variables que todos suponen que deberán revisarse hacia el alza, como tarifas.

Más allá del remedo de lo que en los tiempos de los gobiernos militares se llamaba "precios políticos" de las tarifas, ese no sinceramiento y la falsificación que llevan las cifras oficiales, ha provocado una tremenda distorsión hacia la sobrestimación en las cifras de crecimiento y de subestimación en la medición de la pobreza a nivel nacional. Seguramente, ese factor estadístico fue lo que le jugó en contra a Binner, ya que si se comparan las cifras de crecimiento que da el Indec con las que suministra el Instituto de Estadísticas de Santa Fe es lo mismo que comparar peras con manzanas.

Durante la semana, también surgió el faltante de combustible como una constante a lo largo y a lo ancho del país. El ministro De Vido usó las más inverosímiles excusas para negar lo que los habitantes de casi todas estaban viviendo. Y otro tanto se hizo con el gas que, mientras duró el frío, faltó en las industrias.

El ministro de Planificación también fue noticia porque promocionó en la semana un peritaje sobre el caso de las coimas de Skanska como si ya hubiese sido considerado por el juez, cuando sólo se dijo en el mismo que no hubo sobreprecios. En la eufórica defensa de los funcionarios implicados, no sólo sugirió inclusive pedirle disculpas sino que en su media verdad omitió decir que en la causa se investiga además, el uso de facturas falsas destinadas a esconder coimas.

Otro lastre de difícil ocultamiento para el Gobierno, es el de las Madres de Plaza de Mayo, a quienes se les quitó lo que quizás nunca antes debió habérseles otorgado: la potestad de convertir a una prestigiosa ONG con un loable objetivo en una empresa constructora. También y tras todo lo que se dijo en la AMIA, se supo que Irán ofreció "colaborar" con la Argentina en la dilucidación del caso. Sin embargo, las entidades más representativas de la comunidad judía le bajaron el entusiasmo al canciller Héctor Timerman, y consideraron su espíritu de colaboración como "no creíble".