Por Alfredo Ygel
Para LA GACETA - Tucumán
El cine nació en China cuando algunos hombres proyectaron sombras sobre una pared por intermedio de unas lámparas. Sombra, imagen, alma, son nombrados por idénticas palabras en diversas lenguas de tribus indígenas. Podemos entonces decir que las imágenes que en la pantalla de cine se proyectan están ligadas a nuestra sombra, a nuestra alma. Esto es lo que logra el genial Woody Allen, que nuestra alma quede proyectada en sus películas. Una vez más, quienes asistimos a una de sus últimas creaciones plasmada en el celuloide, la película "Que la cosa funcione", salimos del cine con una sonrisa dibujada en el rostro y, como siempre, pensando en nuestras vidas.
Con esta nueva película escrita hace más de 30 años y filmada en 2009, Woody Allen escribe un ensayo sobre la existencia humana, pero sobre todo sobre el amor y el sexo, la muerte y el azar, en fin, sobre el posible goce de la vida. Es esto lo que nos transmite el protagonista, Boris Yellnikoff, un melancólico, malhumorado, y pesimista cincuentón, candidato al Nobel de Física, a quien su agudeza intelectual y su coeficiente de mas de 200, lo lleva a ver e insistir en el sinsentido de la vida y en nuestro inefable destino de acercarnos indefectiblemente a la muerte, eso que los seres humanos nos proponemos disimular con la ilusión del amor y de los lazos con los otros. Lo que Boris manifiesta de este modo es el encierro en que se encuentra lo que le acarrea la dificultad de gozar de la vida.
La genialidad de Allen es que no sólo muestra en la película estas características de los humanos, sino que hace que el protagonista relate esto al público que está sentado delante de la pantalla, haciéndolo partícipe de sus ácidas reflexiones, cual si fuéramos uno de sus amigos con los que comparte sus reflexiones. Boris, el personaje de la película, tiene la inquietante condición de despojar a la vida de sus ropajes imaginarios dejándola en su real desnudez. Así nos relata cómo a su padre no le queda otro camino que el suicidio cuando queda sometido, a través de la lectura de los diarios, al "horror, y la corrupción, y la ignorancia y la pobreza, y el genocidio, y el Sida, y los idiotas armados y los idiotas valores familiares, el calentamiento global, y el terrorismo?". Identificado a lo tanático del padre, Boris no cuenta con los velos imaginarios ni los recursos simbólicos que le posibiliten enfrentar lo inevitable de las miserias de la vida. Mas aún, su genialidad intelectual que le permite ver "toda la película", no hace sino acentuar sus paranoias, sus manifestaciones hipocondríacas, sus tendencias suicidas.
La vida no es teoría
La trama nos lleva al encuentro azaroso con Melody, una ingenua jovencita escapada de su casa sureña, a quien la casualidad la pone en la puerta de su casa. Encandilada por el saber de Boris, la joven, casi 40 años menor que él, se enamora y lo toma como su maestro. Aunque primero Boris la rechaza, poco a poco va quedando seducido por su frescura y juventud, culminando en un casamiento que les acarrea una vida más apacible. La llegada de los padres de la muchacha, quienes, cada uno a su turno vienen a buscarla luego de haberse separado, y la transformación que se produce en la vida de todos completan las secuencias del filme transmitiendo lo esencial de la filosofía de Allen: La vida no es teoría. No hay racionalidad que guíe el encuentro y las relaciones entre los hombres. Más bien estamos determinados por el azar. "La mayor parte de tu existencia es suerte, aunque no quieras admitirlo", declara Boris al espectador.
La película continúa a través de una serie de encuentros amorosos que producen una radical transformación en cada uno de los personajes. Melody termina en pareja y enamorada de Randy, un joven y apuesto actor de su misma edad. Su madre deja atrás sus represiones sexuales y su oscuro lugar de presentadora de su hija en concursos de belleza, y se convierte en artista, pasando a convivir felizmente con dos hombres al mismo tiempo. Su padre forma pareja con un hombre aceptando su condición homosexual, y Boris termina conviviendo con Helena, la vidente sobre quien había caído después de saltar por la ventana en su segundo y fallido intento de suicidio.
Estas transformaciones vienen a decirnos del pensamiento de Allen respecto del goce de la vida: La felicidad solo es asequible a los hombres aún en forma eventual cuando "la cosa funciona", allí donde lo azaroso de la vida hace posible un encuentro amoroso con el otro. Acordamos con el genial creador que es el azar quien determina nuestros encuentros, pero afirmamos que queda a cuenta del sujeto el qué hacer con eso que a cada uno le toca en la vida a partir de situar las determinaciones de su historia. Las palabras finales con las que Boris, su alter ego, se despide dicen lo que Allen intenta transmitir: "Aprovecha todo el amor que puedas dar o recibir, toda la felicidad que puedas birlar o brindar, cualquier medida de gracia pasajera, ¡Si la cosa funciona?!
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Alfredo Ygel - Psicoanalista, Profesor Facultad de Psicología de la UNT.