Un clásico es el choque de rivales de toda la vida. Equipos que se consideran enemigos deportivos naturales desde que nacieron. La puja encierra amor, odio, lágrimas, alegría y tristeza. Ni con la categoría de "amistoso" es posible dejar de sentir esa sensación que va más allá de las camisetas involucradas. Despierta el interés de todos los amantes del fútbol y nace una rivalidad que dura toda la vida. Como sucede con el derby de Lules.
La ruta 301 divide San Isidro con Mercedes. Del lado céntrico están los de Almirante Brown; unos 500 metros más al sur se encuentra Mercedes. Es el pueblo del ingenio, que tiene en Ramón Ortega al representante más ilustre.
Pero estamos hablando de fútbol y de todo su folclore. La fiesta comenzó muy temprano. Las tribunas se fueron poblando de a poco. Unos 3.500 hinchas se encargaron de copar los tendidos del estadio "marino". Del lado de la ruta se instalaron los fanáticos de Mercedes, que flameaban orgullosos sus trapos negro y blanco. Una banda improvisada, que con redoblantes, trompetas y golpeteo de manos, acompañaba el cántico de la hinchada más "bullanguera".
Los hinchas de Brown, ubicados en la cabecera norte y en las plateas, alentaban a su manera. No dejaron de agitar las banderas ni de hacer bailar las sombrillas con los colores azul y blanco. No faltaron las chanzas, los tradicionales papelitos ni las bombas de estruendo. ¿Qué sería del fútbol sin estos condimentos? Todo estaba dado para vivir una verdadera fiesta.
La presencia de 60 policías garantizaba la seguridad. Pero otra vez, la violencia apareció en escena y dejó un partido inconcluso. Se jugaban 33 minutos del segundo tiempo, cuando un grupo de hinchas de Mercedes decidió romper la cerca olímpica para ingresar al campo de juego. Esto fue advertido por el árbitro Maximiliano Salado Paz, que de forma inmediata dio por suspendido el encuentro. Brown ganaba 2 a 0, con goles de Diego López y de Pablo Graneros.
Fue una lástima. El clásico no merecía tener este abrupto final, con agresiones entre propios hinchas. Alguna vez la gente tendrá que aprender a aceptar una derrota.