Grecia está muy cerca de evitar el default, y conseguir el apoyo de la Unión Europea a través de un plan de estabilización financiera a tres años. No obstante, la reestructuración será inevitable en los próximos años. Sus perspectivas de bajo crecimiento, la falta de cumplimiento de las metas requeridas por el FMI y la UE, y las reiteradas revisiones al alza de su déficit y nivel de deuda son evidencia de que la dinámica de su endeudamiento se ha vuelto insostenible. Su deuda alcanzaría el 158% del PBI (US$ 492.000 millones) a fines de año.

La crisis de Grecia (sin rescate) es peor que la de Argentina de 2001, que tenía una deuda de US$ 144.000 millones (113% del PBI) y un riesgo país que llegó a 5.500 puntos básicos. El déficit fiscal griego es superior al argentino de aquel entonces: -11,4% vs. superávit de +0,5%, lo que significa que Grecia primero va a tener que reducir sus gastos corrientes si quiere hacer frente a su deuda. Si bien los inversores imaginan una pronta reestructuración, el caso griego puede ser la excepción por tres razones: los organismos harán lo imposible para que la unión monetaria sobreviva; la alta concentración de la tenencia de los títulos griegos, ya que se estima que los 30 acreedores más grandes poseen el 70% de la deuda y la alta tenencia de títulos en el sector bancario francés y alemán (30% de la deuda). Sin embargo, en los últimos días subieron las tensiones sociales y políticas en Grecia. Estos sucesos desencadenaron el default de Argentina en 2001; por eso, en caso que las manifestaciones en Grecia obstruyan la implementación de las políticas de austeridad sugeridas por los líderes de la UE, la reestructuración podría llegar antes de lo esperado.