El lunes se conmemoró el Día Mundial del Refugiado, en un año de particular importancia para el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), al cumplirse 60 años de la adopción de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951, y medio siglo de la Convención para Reducir los Casos de Apatridia de 1961. Ambas constituyen la base del régimen de protección internacional y desde su adopción se han realizado considerables progresos respecto de su vigencia y aplicación.
Según datos del Reporte Global 2010 del Acnur, se estima que hay actualmente 43,7 millones de personas desplazadas por la violencia en el mundo, de las cuales más de 15 millones son refugiados. La magnitud de los números, sin embargo, no debe hacernos olvidar un concepto humanitario clave que es resaltado por la actual campaña global del Acnur: no hay niveles de sufrimiento tolerables; incluso una persona obligada a escapar de la guerra o la persecución, es demasiado.
A su vez, se estima que hay 12 millones de apátridas, es decir personas que no son reconocidas como nacionales de ningún Estado. La falta de nacionalidad representa de por sí la negación de un derecho humano fundamental. Pero a pesar de la gravedad de la problemática, son pocos los Estados que han firmado la Convención de la Apatridia. Al adherirse, contribuirán al fortalecimiento del marco internacional de protección y, en definitiva, a prevenir el desplazamiento forzado abordando una de sus causas.
Avances argentinos
En la Argentina hay más de 4.000 solicitantes de asilo y refugiados. Aunque aún existen desafíos, el país ha realizado grandes y concretos esfuerzos en los últimos años a través de la adopción, en 2006, de la primera ley integral sobre protección de las personas refugiadas (Nº 26.165), la puesta en funcionamiento de la Comisión Nacional para los Refugiados y el compromiso de su política, tanto interna como externa, con la protección de refugiados, entre otras acciones.
El entorno de la protección en el mundo actual es cada vez más complejo. Los desplazamientos actuales pueden obedecer a una combinación de factores de persecución y violación de derechos humanos, motivos sociales, económicos y ambientales.
Es por ello que la protección de las personas refugiadas constituye hoy una preocupación central a nivel global. El camino a seguir, empero, no puede ser el del impedimento. Debemos asegurarnos que quienes escapen de la persecución y la violencia puedan seguir ejerciendo un derecho humano fundamental como lo es buscar y recibir asilo, no importa el lugar del mundo del que provengan. Porque incluso un refugiado sin esperanza, es demasiado.