Unos dicen que influyó su pelea contra el amo y señor del fútbol. Otros, que terciaron sus cuestionamientos al bussismo residual que se coló en las filas alperovichistas. En realidad, el gobernador siempre tuvo en mente una lista de candidatos a diputado con paladares negros. Y si uno de sus nombres tenía que ser reemplazado por un pedido de la Rosada, ese sería el de Vargas Aignasse.
Eso lo tenía decidido desde hace tres días, antes de partir a Buenos Aires. El alperovichismo de 2003 no es el mismo que el de 2011. Tampoco lo es el cristinismo. Alperovich y Cristina saben que necesitan de leales para los próximos cuatro años: a los dos se les agota la perspectiva de continuidad del poder apenas juren, en caso de ser reelectos.
El gobernador blinda su proyecto de los embates cristinistas, que cambió las reglas de juego kirchneristas y comenzó a rodearlo en su propia tierra. Por eso Alperovich apuesta a su gente y a su sangre. Y Cristina comenzó a demostrar que sus modos distan mucho del respeto a los jefes territoriales del peronismo. Kirchner pedía, con una palmada en la espalda. Ella dispone. Y por teléfono.