ABALLAY, EL HOMBRE SIN MIEDO | Drama, PM13 100?
BUENA

Las imágenes parecen salidas de una película del gran Sergio Leone; los jinetes cabalgan lentamente, el polvo se levanta bajo los cascos de los caballos, los rostros desencajados presagian la violencia que pronto va a ganar toda la pantalla, la música enmarca emotivamente la escena. Sin embargo, las vestimentas advierten al espectador que no está viendo vaqueros en el salvaje oeste norteamericano sino gauchos argentinos; y hay otra particularidad: el marco geográfico no es la llanura pampeana sino un árido paisaje al fondo del cual, invariablemente, se advierte el perfil de las montañas. Por lo demás, esta película dirigida por Fernando Spiner se ajusta acabadamente a los cánones del western; y el realizador sale airoso de la prueba, que con un tratamiento menos comprometido con el género hubiera podido convertirse sin demasiado esfuerzo en una enorme ridiculez.

El relato capta casi desde el primer fotograma la atención del espectador. La escena de apertura, que sirve tanto de presentación del protagonista como para establecer uno de los ejes del drama, está resuelta con enorme solvencia. Afortunadamente, el cine argentino ya ha superado ese umbral de calidad y profesionalismo que le permite enfrentar satisfactoriamente estas secuencias de acción y con ambientación de época. Por lo tanto, el espectador puede liberarse de la angustia de esperar con temor algún tropiezo técnico y dejarse llevar por el ritmo del relato. Aballay, al frente de una banda de forajidos, ultima al padre de un niño en presencia de éste. Los dos personajes cruzan una mirada que los signa profundamente; el gaucho vivirá de ahora en más el calvario del arrepentimiento y de la búsqueda de la redención y el muchacho esperará con impaciencia el momento en el que, ya adulto, pueda consumar la venganza. La presencia de los demás personajes traza líneas dramáticas que subrayan la potencia de la tragedia de los protagonistas. El Muerto (Claudio Rissi, en un buen trabajo si se prescinde de la inexplicable tonada), otro bandido, quiere hacer suya a la sugestiva Juana (Moro Anghileri, muy correcta), quien a su vez se siente atraída por Julián (Nazareno Casero), ya convertido en el joven que llega buscando a Aballay (un convincente Pablo Cedrón) para ultimarlo.

La película alterna escenas de acción y de violencia con otras de ritmo más pausado y reflexivo. La mezcla permite al director dosificar el relato y mantener la atención del espectador hasta llegar al esperado desenlace. Y, desde el punto de vista dramático, resulta sumamente interesante el encuentro entre los protagonistas, hasta que se produce la inevitable revelación final.

Los aspectos visuales del filme son descollantes; los movimientos de cámara, sobre todo en las escenas de acción, se ven impecables. También son puntos altos la calidad de la fotografía y de la iluminación, puestas con sensibilidad e inteligencia al servicio de los magníficos escenarios naturales de Amaicha de Valle.