Todos son malos y los buenos no existen. La frase se convierte en regla en tiempos electorales, aunque válida sólo para la dirigencia que aspira a un cargo público o que pelea por espacios de poder en las votaciones. Es decir, nadie es mejor que nadie, ya que todos se señalan acusándose como los peores (antes era a través de pintadas callejeras o de panfletos, ahora es por la red social). Sin embargo, como hay que exponerse y venderse como un producto de excelencia para que lo compre el ama de casa y al voto lo lleve el caballero en su billetera, en los discursos todos se convierten en mejores que todos. ¿Novedoso? Para nada, estas verdades a medias ya no sorprenden al que debe elegir cada cuatro años, el ciudadano está curtido de todas estas tretas. Sí cabe detenerse -porque siempre hay márgenes para el asombro o para la burla- en las denuncias más originales o las metidas de pata más inesperadas; tal el caso de los "correligionarios" que hacen votar a los muertos en sus internas, convocadas para trasparentar la designación de candidatos. Irónico, lindo ejemplo de ética democrática para pararse, denunciar irregularidades y dar batalla a un oficialismo que arrasa instituciones con el peso del número. Bueno, entre los "compañeros" las cosas tampoco andan como los Ingalls, baste mirar a los ministros que se tiran con todo menos con flores para dar cuenta de las peleas territoriales. Seguro que estos buenos muchachos habrán recibido un tirón de orejas de parte del gobernador, José Alperovich, que lo que menos querrá es que haya olas que perturben sus próximos 66 días, hasta el 28 de agosto.

Pero, atención, más allá de que el sistema de acople favorezca la proliferación de estas peleas intestinas en el oficialismo, las disputas entre dirigentes de circuito o departamentales constituyen un síntoma que el mandatario debería prestar atención. Es que, antes de que comience su último mandato (si es que resulta reelecto y, claro, si no modifica otra vez la Carta Magna) sus soldados ya lo están desoyendo. Además, en el peronismo se maneja otra regla no escrita: el 29 de agosto comienza el desgaste de Alperovich y se inicia la guerra por la sucesión. Si ya no le hacen caso, hay que imaginar entonces cómo serán los dos últimos años de gestión. El titular del PE posiblemente esté tomando nota -por lo menos debería- ya que puede estar durmiendo con adversarios.

En este aspecto, la tropa no estaría siguiendo el "ejemplo" de obediencia, casi de sumisión, que está exponiendo el titular del Poder Ejecutivo hacia la presidenta, Cristina Fernández. Y precisamente en materia electoral. Mientras sus huestes hacen un barullo del que reniega, él quiere mostrarse como un soldado de trinchera y leal a la causa kirchnerista ofreciéndole los lugares que quiera en la lista de diputados nacionales. Un gesto institucional de gran valor político. Pero, he aquí un motivo para reflexionar: los representantes del pueblo electos por el oficialismo -que sumen más que nada al neocristinismo- ¿defenderán los intereses de la provincia en la Cámara Baja o los intereses del Gobierno nacional en sus peleas parlamentarias con la oposición? El hecho de no pararse frente al tanquecito cristinista y dejar que la jefa de Estado imponga sus gustos, sin priorizar a gente de su riñón, le puede generar un problema al gobernador en caso de que la Presidenta no sea reelecta: no manejaría a todos los diputados para negociar frente a un eventual nuevo mandatario nacional. Es un riesgo frente a una posibilidad; especulación dirían algunos. En fin, después de los comicios, con los resultados en la mano, con todos los cargos cubiertos, todos serán buenitos y los malos ya no existirán. Hasta dentro de cuatro años, claro.