Primero aparece ella -naturalmente- dentro de un vestido rojo de gala brillante. Altísima, sonriente y ya dueña de la cancha. Dispara un par de chistes que no convencen al público, todavía frío y embelesado por la posibilidad de ver a la diva a pocos metros. Pero ella maneja la cosa y los "instruye" a reirse y aplaudir cada chanza. Ya en esa primera charla con los espectadores empieza a mencionar personajes de la farándula porteña, con ese tono tan conocido de los programas de chimentos. La platea ya está con ella.
La fórmula no ha cambiado mucho desde el año pasado, cuando Flor de la V presentó "Livin la viuda loca" en el mismo escenario del Alberdi: una coqueta sala de estar de una enorme mansión (nunca una casa de barrio); ella, que adora el papel de femme fatal; un capocómico baboso Emilio Disi (ahora y también el año pasado; y un montón de chicas pulposas de moda, para quienes habrá que inventar toda clase de excusas con tal de sacarles la ropa.
El papel de la chica boba -infaltable- esta vez fue para Rocío Marengo. Es la inocente testigo de un crimen que Disi y Florencia tienen que resolver.
Y con esos pocos elementos empiezan los enredos. Entran y salen actores, gritos, disparos, insultos, miradas libidinosas al estilo Olmedo. Aparece un fiscal (Pasta Dioguardi), que parece ser el único incorrupto de la Justicia; una prostituta (Gabriela Mandato) pedida al delivery por Disi, quien después no tiene cómo pagarle; un modelo publicitario (el ex Gran Hermano 1 Santiago Almeyda), porque para las chicas también hay; la novia del modelo (Luján Telpuk); y hasta un fraile (Alejandro Muller), que hizo explotar las carcajadas: por el trabajo del actor y seguramente por la misma investidura del personaje.
Al final, y con todos muertos, el asesino termina siendo el menos esperado. O el más esperado, en realidad.
¿Y dónde está el teatro?
Algo típico en este tipo de obras es que nunca se termina de montar una ficción. En ningún momento Flor de la V deja de ser Flor de la V, la de la tele y las revistas, para ser el personaje que le toca en el libreto; en ningún momento Luján Telpuk puede renunciar a ser la ex policía que se hizo famosa en el caso de la valija de Antonini Wilson; en ningún momento se olvida el vapuleado paso de Rocío Marengo por el mundo de la música...
Pero el público se divierte y festeja, porque más que ir a ver una historia novedosa y que rompa con la realidad, el cuento es ver a las celebrities sin la pantalla mediante. Aunque acá, en carne y hueso, el repertorio no sea muy diferente al que propone la "caja boba". En escena, la realidad y la historia personal de los actores se filtra constantemente "interrumpiendo" la ficción, y las referencias a otros personajes de la farándula televisiva se reiteran todo el tiempo. Y con solo nombrar a un personaje famoso el público devuelve una sonrisa y un aplauso.
En resumen
A los que se divierten y disfrutan en el planeta Tinelli y sus satélites del humor liviano, rápido y no demasiado sesudo, las obras de Flor de la V les encantan y festejan cada gag. Quienes prefieren el humor más inteligente, elaborado y creativo, difícilmente logren sonreirse más que un par de veces, aunque la dosis -no tan alta- de cuerpos esculpidos y con poca ropa seguro lo mantendrán pegado al escenario y con los anteojos empañados hasta el final.