Con un tenebroso enjambre de temas que le han enturbiado la escena, Cristina Fernández ha ingresado de lleno en la recta final que la va a llevar en estas horas a explicitar una decisión que ya debe tener seguramente tomada, aunque ella sabe muy bien que, diga lo que diga, en su vida política nada será como antes: CFK revelará si finalmente va a buscar su reelección como presidenta de los argentinos.

Entre los políticos del oficialismo que están colgados de sus polleras y esperan ansiosos esa definición, hay tres tipos de voces que se la juegan de modo unánime por el "sí" presidencial, casi como en un ruego, ya que casi todos los que hablan en voz baja suponen que sin ella es casi imposible ganar la elección de octubre.

Están los pragmáticos, quienes parecen respirar aliviados, porque dicen con sorna que como no hay un plan alternativo entonces será Cristina sí o sí. No creen que a esta altura la Presidenta los deje en la estacada.

En otro rincón, se ubican los defensores a ultranza del proyecto, los genuinamente convencidos y entre estos hay de dos vertientes: unos, quienes consideran que el modelo cruje y que por eso se necesita más tiempo para corregir desvíos, como la inflación; mientras que hay otros, más radicalizados, que hablan de profundizar la acción del Estado en lo económico y lo cultural, pero siempre con la conducción de la Presidenta.

Por último, se encuentran los eternos chupa sangre del poder, los más interesados para que nada cambie, todos ellos atados a los cargos, a la figuración y al dinero fácil de los negocios fáciles, ya que el fin del gobierno K los dejaría a la intemperie. La misma caracterización, aunque mucho más matizada, puede hacerse sobre el perfil del votante kirchnerista. Por un lado, están los militantes duros, ideológicamente formados, pero también están los conversos de ocasión, incluidos aquellos que han aparecido en el último año en los grandes centros urbanos, en general ninguno de ellos preocupado por aspectos institucionales, aunque sí defensores acérrimos del nivel de actividad, la sustitución de importaciones y el boom de consumo. A este último universo tan voluble de clase media también se le suma mucho aparato clientelar que teme perder sus planes sociales, empleos estatales o trabajos precarios.

Pese a tanta diversidad, lo cierto es que nadie, le ha disputado a la Presidenta la estrategia de utilizar al máximo los tiempos que le otorga la Ley para decir "sí" o "no" a la posibilidad constitucional de una reelección y esperan con paciencia su palabra final, como así también el nombre de quien la acompañará en la fórmula. Así, son las reglas y es entendible que, como gobernante, a ella no le hubiese resultado ni beneficioso ni útil desatar todo el paquete antes de tiempo.

A este juego de la duda, que Néstor Kirchner ya manejó con maestría en 2007 con el "pingüino o pingüina", hay que agregarle el dilema por el que la Presidenta quizás transita todavía. Probablemente, Cristina nunca se haya imaginado llegar a este instante con el repiqueteo de las denuncias de corrupción que están salpicando a su gobierno, más allá de que haya tenido que poner en una balanza de dos platos cuestiones personales, familiares y políticas para redondear su futuro.

Su personalísimo duelo, la demanda de sus hijos, las debilidades de su salud y las complejidades del peronismo seguramente la han tenido pensando. Está claro que ella podría retirarse ahora, con la seguridad de haber convivido durante los últimos ocho años y medio con un crecimiento récord inigualable en la historia argentina y con un cambio de paradigma que algunos califican de revolucionario. Si dijera que "no" le aguardaría seguramente la puerta grande y podría convertirse en la gran electora dentro de cuatro años. Y, un "sí" que cargue el otro platillo, automáticamente le pone plazo fijo a su futuro, ya que, salvo un cambio constitucional, comenzaría una cuenta regresiva que le impondrían inclusive sus propios compañeros de militancia, necesitados de buscar otro jefe para seguir adelante en 2015. Es igual a lo que el kirchnerismo no tiene ahora, salvo la opción salvadora de Cristina.

Pero además, ella misma debería ser quien encabece el imperioso service económico que, al decir de la oposición, no debería ser traumático ni ser llamado ajuste, pero que es algo inevitable que necesita el modelo para recuperar los pilares que le dieron fama en los años dorados de su esposo: superávits fiscal y comercial, tipo de cambio competitivo y acumulación de reservas. En ese caso, como mínimo, la Presidenta tendría que sincerar la gran chapucería del Indec, atacar la inflación, desbaratar la maraña de subsidios que permite tarifas políticas de los servicios públicos, mirar al mundo de otra manera, arreglar con los organismos internacionales y volver al mercado voluntario de deuda. Ya no habría puerta grande, sino meter los pies en el barro y, lo más terrible para ella, admitir que esos sinsabores son los que le habrán quedado como herencia de su actual gestión.

Es verdad que si no es Cristina, queda poco tiempo para armar un plan "B", ya que el banco de suplentes hoy está integrado por el gobernador Daniel Scioli, a quien podría acompañar algún kirchnerista de ley. Igualmente, sería demasiado para muchos que se dicen progresistas dentro del Gobierno que se le entregue el bastón de mando a alguien de quien se recela por "derechoso".

Con respecto al nombre de un vice para su fórmula, si hay algo que es seguro es que Cristina no quiere repetir la mala experiencia que tuvo con Julio Cobos, por lo que se especula que debería ser un peronista que no dé el salto, aunque en política nunca nadie puede comprarse todos los boletos. La opción Scioli le aseguraría acatamiento y otro tanto Jorge Capitanich; Alicia Kirchner, apellido; Carlos Zannini, armado y Eugenio Zaffaroni, lustre, más allá de algún tapado.

Esa misma pasión por buscar un alterno que en un eventual segundo mandato la ayude a descargar responsabilidades y le alivie las tensiones físicas y anímicas que la descompensan es la que Cristina ha puesto a la hora de armar listas de legisladores, ya que los quiere leales y encolumnados. Es lo que la Presidenta hizo en la Capital Federal, con los diputados porteños, aunque al mejor cazador se le escapa una liebre, ya que impuso a María Rachid como cuarta postulante en la lista de Daniel Filmus porque le aseguraba acompañamiento de la comunidad gay y hoy la ex funcionaria del Inadi, echada de su cargo por Cristina, está en medio de una pelea que involucra el manejo poco claro de los fondos del instituto. Filmus no sabe cómo sacársela de encima y el kirchnerismo le exige la renuncia.

Claro está que al lado del caso Sergio Schoklender-Madres de Plaza de Mayo este escándalo parece de opereta, aunque los dos muestran un desaprensivo y descontrolado manejo de los fondos públicos. Los ñoquis que cobraban $ 5.000 por mes o el pago del celular de la esposa del ex titular del Inadi, el actor Claudio Morgado, también corrido por la Presidenta, parecen un vuelto en relación a los $ 765 millones que el Gobierno le entregó a las Madres para hacer casas y la Ferrari, el Porsche, las propiedades, las sociedades, los yates y aviones que le aparecen a diario al ex protegido de Hebe de Bonafini, presumiblemente comprados con parte de ese dinero. Esta cuestión de los aviones de Shocklender que volaban con demasiada frecuencia a zonas sensibles en materia de narcotráfico (Chaco y Santiago del Estero) le han puesto al caso una connotación internacional que no estaría ajena a la DEA.

Aunque hay algunos que emparentan una cosa con otra y piensan que pudo haber sido una prenda de cambio para evitar una mayor malicia estadounidense en el caso, el Gobierno tuvo que tomar aceite de ricino para olvidarse de las bravuconadas y cerrar el papelón que lideró el canciller Héctor Timerman cuando secuestro material de EEUU de un avión de la US Air Force, que reclamó hasta el propio Barack Obama. El caso es que se devolvieron las cosas disciplinadamente y casi no hubo comentarios, después de aquella sobreactuación nada diplomática.

Todos estos temas de alta sensibilidad en materia de corrupción que están golpeando bajo la línea de flotación del Gobierno y pueden estar haciéndole perder votos, tienen que haberle dado a Cristina la oportunidad de hacer una última reflexión sobre los pro y las contras de presentarse. De encuestas no es mucho lo que se conoce, pero ruido hay.

En la Capital Federal, más allá del affaire Rachid, los números de Filmus, provenientes de una consultora que atiende a Hermes Binner en Santa Fe, parecen estar declinando a favor de "Pino" Solanas, justamente aliado del socialismo y el GEN en el distrito. El cineasta está aún lejos del balotaje porteño, pero no tanto como antes del comienzo del caso de las casas de las Madres. En Córdoba, el corrimiento de José Manuel de la Sota ha dejado al Frente para la Victoria en el cuarto lugar y en Santa Fe, el peronismo cercano a Carlos Reutemann y la gente de campo estarían votando a Miguel del Sel, relegando a Agustín Rossi a la tercera posición.

Sin esos votos, la cosa se le complica al oficialismo si es que busca ganar en la primera vuelta, que es lo que la Presidenta había pedido que le aseguren para competir. Igualmente, el panorama en la provincia de Buenos Aires sigue siendo halagüeño, aunque allí habrá que ver qué hacen algunos intendentes, tras el aparente salto del jefe comunal de Malvinas Argentinas hacia la boleta de Eduardo Duhalde. En el resto de los distritos, salvo Mendoza, el amperímetro casi no se movió y en el NEA, el NOA y la Patagonia, Cristina lograría porcentajes altísimos.