Selva Orellana y Luis Gerardo Juárez no podían tener hijos. La mujer había perdido dos embarazos, y los estudios médicos eran más preocupantes que esperanzadores. Entonces, la pareja se encomendó a la Virgen de Santa Rita. Meses después, el 22 de noviembre de 1989, cuando Selva dio a luz, cumplieron gustosos con la promesa. La niña se llamó Rita.

Dicen que tenía esa curiosidad que sólo tienen los chicos. "Mamá, ¿por qué las maravillas tienen flores de tantos colores?", solía preguntar Rita en el patio de aquella casa de Los Pocitos, Tafí Viejo. Selva, como tantas madre, improvisaba alguna respuesta de fantasía.

A veces cambiaban de roles, y era la mamá quien hacía el interrogatorio. "¿Qué querés ser cuando seas grande?", decía Orellana. "Maestra jardinera", contestaba Rita. Hoy, a Selva se le estremece el alma, porque se imagina a su hija convertida en mujer, con un uniforme de colores y parada ante un grupo de niños.

La última vez que la vio, el sábado 29 de marzo de 1997, Rita cruzaba una calle de Villa Mariano Moreno. Cuando salió de un almacén, alguien la raptó. Al día siguiente, la Policía encontró el cuerpo de la pequeña de siete años en un baldío. Había sido violada, torturada y desnucada de un golpe.

A lo largo de 14 años, al menos siete personas fueron investigadas por el terrible crimen. Sobreseyeron a la mayoría. Uno de los principales sospechosos, Juan Enrique Santillán, murió. En el banquillo sólo quedaron el padre de la niña, Luis Juárez, y un conocido suyo, Miguel Rubén Cata. Ayer, por fin, un tribunal dictó sentencia.

Interrogantes

Por el tiempo que pasó, jamás se pudo determinar a qué hora raptaron a Rita. Orellana dice que era de noche. Gladys Elvira Andrada, la dueña del almacén que le entregó una bolsa con pan a la niña, sostiene que aún no había oscurecido. Tampoco se sabe dónde la mataron. Pero, al parecer, la clave podría estar en la reunión que mantuvieron Cata, Santillán y otros hombres en la casa de un tío de la víctima, Joaquín Juárez (uno de los sobreseidos). Allí, compartieron varios litros de vino, según testigos.

Las pericias genéticas que había ordenado el fiscal de Instrucción Pedro Gallo (ya fallecido) arrojaron resultados que fueron analizados con detalle por los vocales de la sala III de la Cámara Penal, Dante Ibáñez, Carlos Caramuti y Ana Lía Castillo de Ayusa.

Santillán era el más comprometido, según un complejo sistema de probabilidades basadas en el ADN que explicó durante el juicio la bioquímica forense Sara Daives. A Santillán le seguía Cata. También había rastros biológicos similares a los de Luis Juárez, pero no se podía afirmar categóricamente que fueran suyos o de algún familiar.

En la casa de Cata, los investigadores encontraron una carretilla con sangre de Rita. Esa fue otra de las pruebas que el tribunal valoró para dictar el fallo. La niña, después de que la quemaron con cigarrillos, la golpearon, la violaron y asesinaron, fue colocada allí y abandonada en los matorrales.

Al escuchar la sentencia, Cata le entregó la billetera y unas llaves a su defensor, Roberto Flores. Después, extendió las manos y se dejó colocar las esposas. Sin protestar ni mirar hacia donde estaban sus allegados, se dejó conducir hasta un calabozo del Palacio de Tribunales. Luego, lo llevaron al penal de Villa Urquiza. Había sido condenado a 20 años de cárcel por el delito de violación seguido de homicidio.

Luis Juárez comenzó a llorar cuando escuchó que había sido absuelto. Abrazó a su abogado, Alberto Espinosa, y luego a Selva, su pareja. El padre de Rita ayer cumplía años. Y sus familiares decían que la sentencia era un regalo de su hija.