Una película de entretenimiento liviano filmada en Hollywood hace casi 30 años, se transformó al poco tiempo en un clásico, en una de esas obra de culto que trepan en su jerarquía por abrir un nuevo camino y anticipar el futuro.
"Juegos de guerra", dirigida por John Badham y protagonizada por un jovencísimo Matthew Broderick, fue calificada en su época como una historia limítrofe con la ciencia ficción: un experto en computación ingresa en distintas terminales al azar para divertirse o sacar algún provecho menor, como mejorar una calificación, hasta que (sin saberlo) se topa con la de las Fuerzas Armadas norteamericanas y simula un ataque nuclear soviético. Por supuesto, todo concluye en un final feliz, tras diversas peripecias.
El hacker inocente ya no existe en la imaginación de los centros del poder mundial. La amenaza de un ciberataque masivo alarma a las potencias centrales mucho más que las hipótesis de conflicto armado directo, entre tropas movilizadas y con costoso arsenal balístico. Para los que definen escenarios bélicos, la próxima guerra se desatará (o ya se está desarrollando) desde la pantalla de la computadora.
El miércoles, la página web de la CIA salió de servicio, hackeada por el grupo Lulz Security, que afirma que todo lo hace en tono de broma. Desde el obvio anonimato, convocaron a sus seguidores a que les sugieran nuevos sitios para atacar. Su intervención fue pocas horas después de que el director de la CIA, Leon Panetta, advirtiese que su país podía sufrir un masivo ciberataque que desencadenara una guerra virtual. Una suerte de profecía autocumplida.
Desde enero, Alemania, España y Turquía detuvieron a numerosos cibernautas acusados de integrar Anonymous, otro grupo dedicado a infiltrarse en redes oficiales, en lo que ya está siendo llamado "el año del hacker" por la cantidad de episodios ocurridos.
Tensión internacional
A principios de mes tuvo lugar en Singapur una conferencia organizada por el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS). En el foro, Estados Unidos reclamó acuerdos internacionales sobre la ciberdelincuencia y que se establezcan regulaciones para controlar los conflictos que surjan culpa de hackers malignos.
"Nos tomamos muy en serio la amenaza. ¿Qué sería un acto de guerra cibernética que requiera algún tipo de respuesta?", preguntó el secretario de Defensa estadounidense, Robert Gates, quien reconoció que el proceso de entenderlos como parte de la política de defensa comenzó recientemente, y todo consecuencia de que son víctima "todo el tiempo" (según él) de agresiones.
El funcionario remarcó que definir un marco institucional evitará graves tensiones internacionales entre los Gobiernos. Sin decirlo, se refirió a China y a Rusia, desde donde se consideran que surgen reiterados ataques contra compañías estadounidenses y cuentas de correo electrónico de funcionarios, aunque oficial y diplomáticamente se niega todo vínculo tanto desde Pekín como desde Moscú.
Lo mismo puede denunciar Irán, luego de que su proceso de enriquecimiento de uranio a través de centrifugadoras se retrasó más de un año porque sus computadoras fueron infectadas por un virus informático. En Teherán se mira hacia Israel como responsable, temeroso de que el mineral fuese para una bomba atómica. Y en el reciente encuentro del Grupo de los Ocho (G-8) se habló de la necesidad de regular Internet.
Víctimas o victimarios, hoy los Gobiernos están con la mirada puesta en una pantalla de PC. Lo saben bien Túnez, Egipto, Siria, Yemen, Libia y tantos otros países de Oriente Medio, cuyas revueltas populares ponen en jaque o destituyeron mandatarios en el poder por décadas. Y mucho de lo que pasó nació desde un modesto teclado.