En los primeros años de la década del 80, cuando la democracia comenzaba a asomar con fuerza y los procesos electorales iban dejando atrás a los delegados normalizadores de los gremios -generalmente sindicalistas puestos por el gobierno militar, y luego repudiados por sus pares-, mantuve una inolvidable conversación con un dirigente -hace muchos años fallecido- respecto de los comicios en las organizaciones de trabajadores. Por esos años mi labor periodística se reducía al vespertino LA TARDE y mi lapicera sólo hacía apuntes gremiales. Ese día, mientras yo destacaba como relevante que dirigentes de fuste y verdaderamente representativos del movimiento obrero vayan a la cabeza de las listas para ganar una elección, él -un sindicalista peronista, veterano en este tipo de lides- sonreía casi burlándose de mi "ingenuidad" y me replicaba : "lo importante para ganar no pasa por la lista que se presente, sino manejar la junta electoral". Sucesivas internas sindicales me hicieron "comprender" el significado de sus dichos, especialmente por el enfrentamiento en asambleas -a los gritos y hasta golpes de puño- para elegir a los integrantes de la junta que debía fiscalizar el proceso de normalización gremial. Imponerse en esa batalla implicaba un gran paso para asegurarse la conducción de la organización, especialmente en este tiempo casi refundacional.

En los primeros años de los 90, la democracia estaba consolidada en los partidos políticos; tenían sus internas -duras batallas-, y sus plenarios, a los tiros incluso; pero la verdad de la década anterior seguía vigente, con matices: manejar la junta electoral seguía siendo una de las claves para el ascenso al poder. A sus miembros, por reglamentos o cartas orgánicas partidarias, se los elige en los mismos comicios de renovación de autoridades. Por lo tanto, los que ganan imponen la mayoría en el cuerpo fiscalizador. ¿Qué tiene de especial el rol de la junta electoral para que sea primordial su manejo? La primera respuesta sería "observar" para que el proceso sea transparente. Sin embargo, hay mucho de picardía y de astucia detrás. Una junta electoral puede impedir que haya una lista opositora, poniendo trabas legales, o puede mirar para otro lado cuando la lista oficialista esté "floja de papeles". Otra charla, por esos años, con un dirigente político, de juventud setentista, también resultó esclarecedora: "la junta trabaja para el ganador". Claro, advertía que en esos nuevos tiempos había que bordear la legalidad porque algunos ya miraban a la Justicia para hacer planteos contra los tribunales partidarios. Pero eran sólo eso; amagues.

En la primera década del nuevo siglo, otra vez una discusión similar, pero ahora por otro tipo de junta electoral: la que supervisa los comicios provinciales. Y otra vez el conflicto, otra vez un intento -constitucional- para que la Junta Electoral Provincial sea manejada por el poder de este turno. Pero ahora sí tuvo un rol preponderante la Justicia. Dijo no a las ganas -las mismas de los ochenta y de los noventa- de manejar a antojo el organismo fiscalizador. Aquí las preguntas se multiplican: ¿por qué el alperovichismo avanzó sobre la integración de la JEP?, ¿acaso estimó que podía perder los comicios de agosto?, ¿el Gobierno necesitaba tener garantías de continuidad en el poder?, ¿para qué era un reaseguro manejar la JEP? Más que nada pareció un capricho, un no rotundo a un debate serio por la calidad institucional, una jugada nacida de la improvisación sin haber calculado las reacciones opositoras -lógicas- y una posible decisión adversa de la Justicia. La JEP lamentablemente ha sido devaluada. ¿Algún diálogo similar a los dos anteriores en la primera década? Sí, alguien perteneciente al riñón alperovichista me dijo, y se publicó: "vamos por todo".