Llegaban de a poco y se iban acoplando a la devoción por el silencio que impregnaba la antesala, junto con el olor a incienso pegado hasta en el piso. Hablaban a murmullos terciando ansiedad, emoción, admiración, y ganas de que ya empiece el espectáculo.
No. Espectáculo no es la mejor palabra para nombrar lo que estaban a punto de sentir. "Esa es una diferencia clave entre la música occidental y la oriental: el objetivo no es deleitar al público, sino hacerlo participar de una experiencia a través de los sonidos. De alguna manera, no es un espectáculo", introduce José Ignacio Monmany un músico tucumano que empezó a explorar la cultura oriental hace algunos años y que esperaba, como tantos otros, escuchar a la sitarista india Krishna Chakravarty en su primera visita a Tucumán.
Los organizadores del centro Ángel Singh (Crisóstomo 566), donde se practica yoga y se respira la vida del Este, se agitaban procurando organizar a los asistentes que tenían su entrada. Y llegó ella, y fue como el que mundo se detuviera.
Una ronda de saludos (sin besos, nota importante) y accedió a una entrevista con LA GACETA. Monmany, con su sonrisa de nervios y admiración, fueron los traductores voluntarios.
Contó sobre su vida de disciplinas como hacedora de música: un arte que en India no debe o (no puede) escribirse por su gran cuota de improvisación; de las dificultades de encontrar un maestro que la acepte como discípula, aunque ella lo tuvo nada menos que a Ravi Shankar; que antes no se podía grabar la música y que cuando se pudo - alrededor de los 60- el comercio se quedó con buena parte de lo que debía ser espiritualidad.
Nadie quedó afuera, sólo los zapatos de las más de 130 personas que inflaron una convocatoria sorprendente y que se acomodaron entre sillas y almohadones en el piso. Una muestra, seguramente, del creciente interés de los tucumanos por las costumbres orientales y su búsqueda del equilibrio espiritual. Y Chakravarty vino a dejar su capítulo en esta historia.
"¿Qué quiere transmitir con su música?", fue la pregunta antes de que entrara a la sala. Y todo lo que había elaborado las anteriores respuestas, en esta, se fue en un rapidísimo "I just wanna make you happy". Para lo que ella vino a Tucumán fue, nada menos, que a hacernos felices.
Una calabaza convertida en joya
El sitar es un instrumento de cuerdas de la India. Su caja es una calabaza, tiene un mástil largo y es parecido al laúd. La cantidad de cuerdas es variable, un grupo de ellas suenan al ser pulsadas y otras vibran "por simpatía". En Argentina puede conseguirse uno por cerca de u$s 1.000.