DAMASCO/GUVECCI.- La violencia asuela Siria tres meses después del inicio de la revuelta popular contra el régimen de Bashar Al Asad, cuyas fuerzas armadas, apoyadas por helicópteros, mataron el viernes a 25 personas, y estaban ayer a las puertas de Jisr al Shughur, escenario de una dura represión.
Desde el 15 de marzo, se calcula que hubo más de 1.200 muertos, 10.000 detenidos y la huida de más de 4.600 personas sólo a Turquía, según datos de ONG internacionales.
Pese a las sanciones y protestas, Al Asad parece dispuesto a responder sangrientamente a cualquier protesta. Sus acciones fueron calificadas de "atroces" por Turquía, y de "espantosas" por Estados Unidos, que exigió que "cesen inmediatamente la violencia y la brutalidad". Mientras tanto, los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU no se ponen de acuerdo sobre una resolución de condena. Al respecto, el canciller sirio, Walid al Moualem, advirtió que cualquier pronunciamiento negativo sólo ayudará "a los extremistas y a los terroristas".
Al Assad incluso se negó a atender una llamada del secretario general de la ONU, Ban Ki-Moon, quien le iba a exigir que cesara la violencia contra civiles, que mencionó como "inaceptables" y reclamó que se implementen reales reformas políticas y sociales reales.
Ayer, en 15 ciudades de todo el mundo (París, Montreal y Nueva York, entre las principales) se realizó una jornada mundial por Siria, con manifestaciones por libertad y democracia.
Relatos del terror
Varios desertores del Ejército, refugiados tras la frontera con Turquía, relataron el brutal ataque contra los movimientos de protesta, y también el miedo de los soldados, amenazados de muerte por insubordinación o deserción. "Colocan francotiradores que son policías de civil o milicianos del Hezbollah (grupo armado islamista libanés, con apoyo sirio e iraní), y cuando los soldados no disparan, los matan", dijo Ahmed Jalef. Su hermano, Mohamed Mirwan Jalef, recordó a un soldado que sacó un cuchillo y se lo clavó sin motivo en el cráneo a una persona.
Tahal Al Lush tiene la mirada ausente cuando relata la llegada a Ar Rastan, una ciudad de 50.000 habitantes. "Nos dijeron que había hombres armados, pero sólo vimos civiles. Ametrallábamos a adultos y a niños. Hubo violaciones de mujeres frente a sus maridos y a sus hijos", afirmó. "Todos los soldados están al borde del ataque de nervios: huirán o cambiarán de bando", auguró Walid El Kalef. (Especial-AFP-Télam)