Desconocimiento, indiferencia, desinterés, dejadez, desamor por lo propio, desprecio por la historia, incultura. Tal vez estas palabras con sus respectivos significados pueda hallarse el desapego de los tucumanos por su patrimonio histórico. Mientras otras ciudades argentinas, especialmente las del sur del país, cuyo pasado es más reciente, buscan lugares u objetos para generar a partir de allí un movimiento turístico, en nuestra provincia, por lo general, dejamos que nuestras joyas se vayan deteriorando hasta el punto de que cuando se quiere reaccionar, suele ser tarde o la inversión que debe hacerse en la restauración es demasiado onerosa.
Hace pocos días, una parte del techo de tejas del ala derecha del Museo Histórico Jesuítico de La Banda, en Tafí del Valle, se derrumbó como había sucedido con otra parte del edificio, afortunadamente sin que se registraran víctimas.
Según informamos en nuestra edición del jueves, el techo había sido reconstruido hace seis años, pero con cemento y sobre una base de madera y paja. En la construcción original se había utilizado barro. En febrero, al parecer por el excesivo peso, se desplomó el sector en el que funcionaba la sala de exposición y venta de artesanías. Un vecino señaló que también corren peligro las paredes que están agrietadas, así los muebles antiguos, las aberturas y los sanitarios por falta de mantenimiento.
No es la primera vez que el complejo jesuítico sufre un daño. En 1978, como consecuencia de un temblor, se cayó un campanario de piedra en arco y nunca fue reconstruido. Su campana de bronce de 80 kilos es el único vestigio que quedó de esa construcción. Las grietas en las paredes de la capilla de la Virgen del Carmen también generan preocupación en la gente del lugar. El intendente tafinisto dijo que el museo podría ser cerrado hasta tanto los especialistas de Patrimonio Histórico de la Nación evalúen los trabajos de reconstrucción y refacción. Dijo que este recibe la visita de unos 300 turistas diarios durante la temporada de invierno y agregó que la Municipalidad cobra una entrada de $ 5 por persona, los cuales se destinan para el pago del personal.
En abril de 1718, la Compañía de Jesús, representada por el padre Pedro López, adquirió el terreno y erigió primeramente una casa con paredes de adobe y techo de paja. Cuando los jesuitas fueron expulsados en 1767, se remataron los bienes de la compañía y fueron adquiridos por Julián Ruiz Huidobro. Posteriormente fue heredada por su hijo Martín. En 1816, la adquirió José Manuel Silva, que fue gobernador en 1828. En la casa veranearon y residieron el presidente Nicolás Avellaneda y varios gobernadores de Tucumán. En 1973, el Gobierno de la provincia expropió la estancia y creó el museo histórico y fue declarado monumento histórico nacional en 1978.
El deterioro actual y el riesgo de que prosigan los derrumbes reflejan la indolencia de la autoridad por cuidar lo valioso que se tiene, como este inmueble que tiene 296 años, así como la ausencia de una política eficaz dirigida a la preservación del patrimonio.
Cuando se muere un abuelo se va un pedazo de la historia familiar. Si perdemos o dejamos que se deterioren sus fotografías, cartas u otros legados las futuras generaciones no sabrán de dónde vienen y tampoco sabrán hacia dónde irán.