Cuento
HISTORIA UNIVERSAL DE LA INFAMIA
JORGE LUIS BORGES
No pretendo agregar una línea más a los kilómetros de papel fatigado que discurren sobre Jorge Luis Borges. Me resisto a terminar mi vida curioseado por las moscas porque carezco del coraje de Francisco Leal (El hombre de la esquina rosada). Sólo en sueños imaginé ser un maleante hebreo como Mort Eastman, que de niño aprendió la Toráh y que de grande delinquió hasta acabar amanecido con cinco balazos en una calle sórdida de Nueva York (El proveedor de iniquidades Mort Eastman). Menos aún soy capaz de enfrentar la mirada detrás de la máscara, sabiendo que los que lo hacen encuentran la ceguera para siempre (El toro). Carezco de la orfebre paciencia para convencer a un hombre tonto y fofo de que finja ser el sobreviviente, hijo rico ahogado en el naufragio de un barco. Aquel hijo de fina estirpe será reemplazado por este torpe patán. Una madre convalida el engaño (El impostor inverosímil Tom Castro). Ninguna de todas esas aventuras e infamias atravesarán mi vida, como tampoco cruzaron la de Borges, quien las pergeñó desde una silla, con una pluma y sobre un antiguo y lustre escritorio.
La historia universal de la infamia es demasiado vasta para encerrarla en las páginas de un libro, como el amor rebasa el espacio de una cama. La vulgaridad está lejos de los infames. Allí yace el encanto de los personajes. Una secreta admiración me acompaña hacia los perversos maleantes. Ellos son la espina bajo las mudas del confort, de la norma memorizada tenazmente por los insatisfechos catequistas. Son los rebeldes que con ingenio punzante engañan a los negros, comercian con los esclavistas y acaban alucinados de una utopía por venganza a sus traidores: la sublevación total de los negros. Me refiero a Lazarus Morell, un hombre capaz de capitanear puebladas negras que sueñan ahorcarlo. La muerte no lo encuentra en la batalla, ni en la mano rencorosa de un esclavo, sino de la manera más ordinaria: en la cama de un hospital.
Hay algo que hermana a los infames: la soledad absoluta en los minutos previos a la muerte. La marca indeleble de una estrella en sus frentes les permite más de una vez sortear el suplicio y la muerte (El espejo de tinta). El hechicero supo salvar su vida, obtener el perdón y vengar la muerte de su hermano. En el instante el que iba a ser degollado conquistó al cruel Yakud el doliente, bajo la promesa de mostrarle las apariencias del mundo, los tesoros ocultos, los instrumentos de guerra, los desiertos de Dios el misericordioso, hasta las calles alumbradas de gas. El tirano Yakud lo vio todo, hasta lo inimaginable, también a un hombre recubierto misteriosamente por un lienzo blanco. Cuando el lienzo cayó, se vio a sí mismo a través del espejo, y la espada se abatió sobre su cabeza culpable
Duermo en el sueño de los infames, nos diferencian mi necia imposibilidad, sus corajes y sus astucias.
© LA GACETA
Marcos Rosenzvaig