La muerte de Gloria Echagüe, uno de los personajes de la última novela de Claudia Piñeiro, tiene muchos puntos en común con la de María Marta García Belsunce. Ocurre en un country, alguien limpia la sangre de la escena del crimen, se afirma que fue un accidente, se emite un certificado de defunción falso y el marido es el principal sospechoso. Por otro lado, Las viudas de los jueves, otra novela de Piñeiro en la que también hay un crimen en un country, se parece al caso. Este último fue uno de los hechos policiales más resonantes de la última década y la primera, con más de 100.000 ejemplares vendidos y una película taquillera como secuela, fue uno de los libros policiales más exitosos de los últimos años. Betibú tiene todos los condimentos para atrapar, una vez más, a los lectores. En la sede de la editorial Alfaguara hablamos con la autora sobre su obra y sus alrededores.

- ¿Cómo estás siguiendo el nuevo juicio del crimen de María Marta García Belsunce?
- Con respecto a lo que ocurrió, no tengo la menor idea. Las noticias policiales me interesan mucho pero desde un punto de vista literario. Me interesa ver, por deformación profesional, cómo se mueven los personajes, cómo se visten, si lloran o no. Me encanta analizar lo que ocurre alrededor, cómo la gente y los periodistas leen el crimen.

- ¿Cómo crees que se conecta el éxito de Las viudas de los jueves y el de Betibú con el caso?
- A Las viudas de los jueves la escribí antes del crimen de García Belsunce, aunque parece escrita después. Por eso Betibú es una especie de revancha porque me permite mirar qué pasó con el crimen, cómo lo leyeron la sociedad y los medios. Siempre, claro, trabajando sobre la ficción. También hay que tener en cuenta que hay varios casos de maridos sospechados de matar a sus mujeres, como los de Oriel Briant o Nora Dalmasso. No hay una conexión que se reduzca a un solo caso.

- En la novela se afirma que los crímenes no resueltos de mujeres se recuerdan más que los de los hombres.
- Sí, los nombres de mujeres asesinadas están más presentes. Tenemos, claro, casos como el de (Mariano) Perel, que lo mataron con su mujer, o la desaparición de Julio López. Pero en el imaginario aparecen más los crímenes de mujeres. Le hice, hace poco, la misma pregunta a un periodista de Policiales y me dijo que hay más crímenes de mujeres que de hombres. Pero, además, los crímenes de mujeres en general atrapan más la atención de la gente porque suelen mezclarse con la sexualidad, con la vida privada. Yo era chica cuando la mataron a Oriel Briant y todavía no puedo borrarme la imagen de ella en el barro.

- En Las viudas de los jueves el country es el escenario en el que se despliegan los dramas y los contrastes de la crisis de 2001. ¿Qué diferencias tiene el country de Betibú?

- Las viudas de los jueves se cuenta desde el punto de vista de los que viven en el country, el de los que pintan un paraíso que después se cae. En Betibú las miradas pertenecen a los que ingresan: empleadas, jardineros, obreros, una escritora que entra después del crimen, un periodista que investiga. Además, pasó el tiempo. El primero era un country surgido de los 90; un espacio que, en el momento en que salió la novela, era más exclusivo, más misterioso. Hoy es un espacio más conocido, está más claro quiénes y cómo viven ahí. Los countries o los barrios cerrados han proliferado y actualmente son accesibles a personas que no necesariamente tienen grandes fortunas. Hoy, una casa en un country puede costar lo mismo que un departamento en la capital.

- ¿Pensaste alguna vez, como le ocurre a uno de tus personajes, en instalarte cerca de la escena de un crimen?
- Me lo pidieron pero me negué. Me querían instalar en Río Cuarto, a raíz de uno de los crímenes más conocidos, para que viera qué pasaba. Me gusta inventar historias y no buscar noticias. Por eso me tomé revancha en la novela e instalé a mi personaje en un lugar similar al que no quise ir.

- Vivís en un country. ¿Cuánto recogiste de allí para armar la novela?
- Uno se mueve en un ambiente y, sin querer, recoge elementos. Podés estar esperando que tu hijo termine de hacer un deporte y, de pronto, escuchás casualmente una frase que luego le calza justo a uno de tus personajes. Creo que el escritor está más alerta. Por Las viudas de los jueves fui a muchos lugares, incluso a Tucumán, y mucha gente me dijo "yo lo conozco al Tano Scaglia, sé donde vive". Cuando hacía la recorrida de promoción de esa novela, sentía que era una forma de vida que iba a desaparecer. Pero ocurrió todo lo contrario. Hoy hay countries en todos lados.

- En la novela se cuestionan ciertas formas de ejercer el oficio periodístico, señalando que, en casos criminales poco claros, se intenta llenar artificialmente las lagunas que dejan las circunstancias o las causas penales que avanzan lentamente.
- Cuando hay hechos policiales es común que llamen a escritores para que escriban sobre ellos. Al día siguiente del robo del Banco Río, en Acassuso, aparecieron en los diarios columnas de escritores y guionistas contando cómo podría haber sido el llamado "robo del siglo". El periodista no puede inventar pero el escritor tiene esa licencia, aunque creo que hay que ejercerla con responsabilidad. En el caso de un homicidio, pienso que uno no puede señalar a quien uno cree que es el autor.

- En Betibú, la culpa del marido de Gloria Echagüe, en el crimen de su esposa, está instalada en el imaginario social. ¿Cuál crees que es la dinámica de esos procesos?

- Los crímenes dicen mucho sobre la sociedad en que se cometen. Por ejemplo, en Estados Unidos es común que un pibe entre a su colegio con una ametralladora y mate a sus compañeros. Acá no. En la Argentina, en cambio, hubo niños apropiados y eso no ocurrió en otros países. Por otro lado, la muerte de los dos colombianos a manos de sicarios en Unicenter, dentro de una trama aparentemente vinculada al narcotráfico, parece propia de Colombia o de México, pero no de nuestro país. Lo que es revelador es la lectura que la sociedad hace de los crímenes. Lo que se lee no es necesariamente lo que pasó, pero nos dice algo de quienes hacen esa interpretación. Que la mayoría de la gente crea que la familia García Belsunce mintió está indicando algo y debemos preguntarnos por qué sucede eso.

- ¿Cómo trabajaste en la construcción de los personajes de la novela?
- Para mí las novelas son, básicamente, construcción de personajes. Uno hace que les pasen cosas para ver cómo reaccionan ante ellas. La escritora, el periodista de la vieja escuela y el periodista joven son los tres personajes centrales. Los imaginé durante mucho tiempo y me hice muchas preguntas sobre ellos, aunque muchas de esas respuestas no están en el libro. Imagino cómo son sus padres, cómo les fue en el secundario. Todo eso me sirve para definir el presente de los personajes.

- ¿Cuánto te parecés a Betibú, la protagonista?
En muchas cosas me parezco y en otras no. Es una escritora a la que le pasan cosas que en su momento me hicieron sufrir. A través del personaje puedo reírme de ellas y exorcizarlas. A mí, al igual que a ella, me gusta leer diarios distintos y armar mi propia tapa.

- Cuando a Betibú la entrevistan en la televisión, le preguntan si le pesa que sus libros sean best seller. ¿Te acompleja que te pase lo mismo?
- No, pero sí es algo sobre lo que parece que hay que dar explicaciones. Hay escritores a los que les cuesta publicar sus textos, aunque sean maravillosos, porque se venden poco. Mi problema es que por prejuicio hay lectores que no quieren leer un libro mío porque es best seller. El prejuicio es previo a la lectura. Hay gente que considera que la cultura que vale la pena es la elitista y no confía en el gusto popular.

- ¿Cuánto investigaste para la novela?
- Mucho, siempre investigo mucho. Leí capítulos enteros de medicina forense para saber cómo son los degüellos, cómo puede inferirse si un degüello es producto de un suicidio o de un asesinato, cómo sale la sangre, etcétera. Intercambié e-mails con un fiscal para conocer detalles procesales. Hablé con el periodista policial Facundo Pastor para que me contara cuestiones de su oficio y con otros periodistas para que me cuenten cosas del mundo de las redacciones.

- ¿Pensás en Betibú llevada a la pantalla grande?
- Me han llamado para preguntar si los derechos han sido cedidos, pero no es algo que pensé a priori. No necesariamente un libro se vende más ni la historia se conoce más cuando es llevada al cine. Todo depende de la forma en que funcione ese traspaso de un lenguaje a otro. Hemingway decía que cuando se ceden los derechos hay que cobrar el cheque y salir corriendo. Pero yo tengo un gran desprendimiento con respecto a ese proceso; por el hecho de ser dramaturga y guionista me parece válido que los textos se tomen como un disparador y que el director haga lo que le parezca. Creo que no hay que amargarse si una película no se ajusta exactamente al libro porque, si eso pasa, probablemente será un fracaso. En el caso de Las viudas de los jueves, me reuní con Marcelo Piñeyro y me contó qué partes de la novela iba a tomar y cuales no. Pero en general no hay posibilidades de veto por parte del escritor porque los proyectos cinematográficos son carísimos y no es viable que el autor esté objetando cada renglón del guión.

- ¿Por qué crees que hay tan pocas escritoras de novelas policiales en la Argentina?

- Me reúno con un grupo de amigos escritores para leer nuestros textos. Tres mujeres y un varón. Cuando les leía el texto de Betibú, el único que detectaba errores o las contradicciones en la trama policial era el varón. Quizás sea una muestra de que a los hombres les interesan más las historias policiales que a las mujeres. Pienso, por otro lado, que puede haber un prejuicio respecto de las mujeres que escriben sobre crímenes. Hay gente que cree que Patricia Highsmith era una persona terrible por lo que escribía, y probablemente no lo era. Pasa por no tener miedo a ciertos temas y por volcar fantasías a la ficción. Tal vez yo no degüello a nadie porque escribo sobre degollados. (Risas).

- ¿Pensás que los libros de escritoras son leídos por pocos hombres?
- Creo que puede pasar por el armado del universal. Por ejemplo, cualquier mujer puede leer La invención de la soledad, de Paul Auster, que cuenta la relación de un hombre con su padre, y no se pone a pensar esta es una "historia de hombres". En cambio, a un hombre puede costarle más identificarse con la historia de una relación de una mujer con su madre. De todos modos, creo que en las nuevas generaciones esto está cambiando.

- ¿Cómo es tu proceso de escritura?
Cuando mis hijos eran chicos, escribía cuando estaban en el colegio. Ahora escribo en una computadora portátil, que llevo a todos lados para escribir donde sea. Así como algunos llevan un libro para leer en los tiempos muertos, yo llevo mi computadora. Trato de robar todo el tiempo que puedo para escribir.

¿Sigue habiendo muchos prejuicios con el género policial?
- Cierta crítica sigue considerando que la literatura policial es un género menor y, en efecto, hay mucha que es menor, como también hay otra que no lo es. En Betibú la trama policial está más presente que en las anteriores. Hay un prejuicio con el policial que en algún momento padecí pero en la última novela me hago cargo de eso. En Betibú, por ejemplo, hay una reflexión sobre el policial y sobre qué significa encontrar un culpable.
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PERFIL

Claudia Piñeiro nació en 1960, en el Gran Buenos Aires. Trabajó como contadora durante 10 años y a partir de 1991 se dedicó por completo a la escritura. Ese año fue finalista de un concurso de la editorial Tusquets con la novela El secreto de las rubias. Dos años después fue finalista del Premio Planeta con Tuya. Y en 2005, ganadora del Premio Clarín Alfaguara con Las viudas de los jueves. Esa novela vendió más de 100.000 ejemplares, fue traducida a varios idiomas y llevada al cine por Marcelo Piñeyro. El año pasado ganó el Premio LiBeraturpreis por Elena sabe y el Sor Juana Inés de la Cruz por Las grietas de Jara. También escribió obras de teatro y guiones de televisión.