El paseo se inició con una consigna: ingresar al parque Percy Hill para descubrir lo que esconde. Y para eso nada mejor que la guía de un experto. Alfredo Grau, ingeniero agrónomo y profesor de la cátedra de Biología Vegetal en la UNT acompañó a LA GACETA durante la travesía. Fue una clase intensiva de biología.
El recorrido sirvió de excusa para saber, por ejemplo, que Tucumán hace 300 años era más seco (tenía un 30% menos de lluvias), que el otoño en Sudamérica no es amarillo, que el árbol autóctono de mayor tamaño es el laurel y que, probablemente, los chamanes de las tribus aborígenes usaban las semillas del cebil colorado como alucinógenos y, por eso, lo consideraban un árbol sagrado.
También , para reconocer que el deterioro del parque es muy avanzado y que, según Grau, sería mejor abrirlo al público para que lo conozca y comience a valorarlo. Así se registró el diálogo entre LA GACETA y el científico en el corazón del Percy Hill...
- ¿Qué árbol es ese?
- Una mora. Es originaria de China, seguramente, algún pájaro tiró la semilla y creció. Se ve que está perdiendo las hojas y se pone amarillenta, eso está en los genes de la planta.
- ¿Pero no todos los árboles se ponen amarillos y pierden las hojas?
- No. En Tucumán los árboles se ponen grises o verdes y no pierden las hojas en otoño sino en primavera, antes de volver a florecer. Esa es la diferencia con los árboles autóctonos de Sudamérica.
- Entonces, ¿qué pasa con el otoño?
- El otoño amarillo con las hojas de los árboles caídas sólo ocurre en Europa y en Estados Unidos.
- ¡Fin del mito del otoño!
Más adelante, apareció otro árbol de gran porte también importado de la China, aunque Grau afirmó que ya era hora de darle carta de ciudadanía: el ligustro.
- Es pariente del olivo y en épocas en las que los árboles nativos no tienen frutos, el ligustro sí. Es una especie muy agresiva que cuando comienza a crecer y se multiplica no deja que otros crezcan cerca.
Pero, en el caso del Percy Hill, los ligustros crecieron en las orillas. El tronco parece un ramillete con ramas de distintos diámetros, uno al lado del otro. Sigue el paseo, entramos por uno de los senderos.
- ¿Y los árboles autóctonos? Todavía no vimos ninguno.
- Bueno, allá adelante se ve un nogal criollo, al lado hay un pacará o timbó, y justo debajo un helecho nativo.
- ¿Y este de hoja grande?
- Se llama ortiga brava. El borde de las hojas pica bastante y es de la familia de las ortigas que crecen al ras del suelo.
De repente, en medio del camino, una reposera azul destartalada descansaba a la sombra del frondoso bosque. En el suelo, un montículo con troncos y ramas indicaba que alguien había estado prendiendo fuego para calentarse. Tras sortear el obstáculo continuó el paseo.
- Este árbol muy alto es el sachapera (foto), más común en ambientes secos. Por su aspecto parece tener unos 200 años. El Tucumán de la Independencia era mucho más seco que hoy. De todos modos, en las décadas del 80 y del 90 vivimos con más humedad que ahora.
Se veía que el tronco había sufrido hachazos porque estaba lastimado. Unos pasos antes ya había aparecido un ligustro talado completamente que, poco a poco y con esfuerzo, intentaba recuperarse.
Una silueta contorneada se distinguía en esa porción de selva tucumana. Un árbol pequeño, que no competía con los otros por alcanzar la luz. Al parecer, se conformaba con su estatura mediana y el tronco como espiral.
- Qué raro, ¿qué es?
- Este es un tabaquillo, pariente del tabaco y de la papa. También le llaman fumo bravo, te imaginarás porqué. Si su hoja se seca es similar al tabaco.
- ¿Más bravo?
- (risas) Sí, puede ser.
Entre tanta flora extraña, una planta llamó la atención.
- Esta la tiene mi abuela en su jardín, ¿qué es? (señalando una especie de hojas muy verdes, brillantes y grandes).
- A esta le llaman oreja de elefante; es originaria de Asia.
- Muchas plantas son de Asia y de China. ¿Es por algo en especial?
- En realidad climáticamente el sudeste asiático y Tucumán se parecen mucho, de hecho allí hay grandes plantaciones de citrus.
En el sendero nos sorprendió una rampa de maderas, ladrillos y tierra húmeda, evidentemente, un salto para los que realizan mountain bike. Podían distinguirse las huellas de las bicicletas. Más adelante, un árbol que bautizamos "Miguel", no por su especie, sino porque a lo largo del tronco estaba tallada esa palabra.
Ya habían pasado 45 minutos, la pregunta de rigor tenía que llegar.
- ¿Qué le parece que habría que hacer con este lugar?
- Considero que difícilmente una sociedad valore lo que tiene si no lo conoce. En ese caso me parece que sería bueno acondicionarlo para que la gente pueda venir, que haga un uso racional. Quizá esto entre en conflicto con algunos biólogos que se inclinan por la preservación absoluta. Considero que así como está no tiene gran valor. De hecho, para admirar la biodiversidad es mejor visitar las 4.000 hectáreas que la Universidad protege desde Horco Molle hasta detrás de las sierras de San Javier.
De a poco, un claro comenzaba a abrirse camino. La reja de la entrada, por la que no se había podido ingresar, anunciaba que el paseo había terminado. Una hora duró el recorrido por el corazón del parque. Una hora para conocerlo, admirarlo e imaginarlo multiplicado por miles a lo largo de un Tucumán ancestral, salvaje y autóctono.