Una preocupación, admitida públicamente o reservada para la más absoluta intimidad, une a todos los precandidatos para la próxima elección presidencial.

En los primeros lugares del ranking de los desafíos para un próximo gobierno todos ubican siempre e inexorablemente al jefe de la CGT, Hugo Moyano, y a la dirigencia sindical que él encarna.

A la espiral de reclamos salariales, como consecuencia de la temida inflación, que todos prevén, los aspirantes a la primera magistratura suman los gravísimos episodios criminales (desde homicidios hasta estafas con medicamentos falsos y defraudación al Estado) en los que se han visto involucrados los dirigentes gremiales, y sobre todas las cosas, el enorme e irrenunciable poder ganado, capaz de condicionar a cualquier gobierno.

Nunca el sindicalismo peronista logró tanto poder con una administración nacional, con la breve excepción, claro, del sangriento crepúsculo del último gobierno de Perón, tutelado por lo que la izquierda de entonces llamaba la "burocracia sindical", a la que respondía el entonces joven Moyano.

Si para el primer gobierno de la recuperación democrática la dirigencia cegetista con su capacidad de movilización (más el apoyo, la complacencia o la complicidad de un buen sector del empresariado) fue un enorme escollo que los propios errores de la administración alfonsinista hicieron insalvable, la actualidad logra empalidecer aquellas imágenes.

En estos últimos ocho años el gremialismo oficialista, en sus diversas variantes, ha logrado sintetizar en su provecho, como si fueran proteínas, las ventajas obtenidas en los defenestrados años 90, cuando muchos aceptaron canjear derechos de los trabajadores por negocios (uno de cuyos paradigmas es el del ferroviario José Pedraza), con la recuperación de la capacidad para, literalmente, parar el país, la (en muchos caso justa) restauración de beneficios laborales enajenados, la continuidad del monopolio de la representación sindical, la ocupación de puestos estatales claves para sus finanzas o en empresas reestatizadas, el virtual control de ministros y altos funcionarios que han sido empleados de los gremios y la consagración legislativa de algunos dirigentes, liderados por uno de los más destacados abogados laboralistas, para elaborar leyes en beneficio de su modelo.

Semejante poder, que ya no depende de lo que el Gobierno de turno le conceda, sino que tiene recursos para ser autónomo, sólo ha encontrado en los últimos años algún dique de contención en la Justicia: allí están, por ejemplo, los sucesivos fallos de la Corte que, como bien lo ha señalado el sociólogo especializado en sindicatos Héctor Palomino, han pretendido con relativo éxito poner coto a ese bastión de la antidemocracia que es la ley de asociaciones sindicales. También están (aunque con paso sugestivamente zigzagueante) las investigaciones judiciales por fraude al Estado en beneficio de la caja del poder gremial que son las obras sociales sindicales, legadas por la dictadura de Juan Carlos Onganía. En cambio, menos eficiente han sido los tribunales a la hora de averiguar los extraños asesinatos de dirigentes sindicales, empezando por el del tesorero del gremio del propio Moyano, Abel Beroiz.

En este escenario, el 15 de octubre del año pasado, ante más de 40.000 personas, pero sobre todo frente a Cristina y Néstor Kirchner, Moyano afirmó: "Los trabajadores (léase, los sindicalistas) tienen que dejar de ser un elemento de presión y convertirse en un factor de poder".

La realidad antes descripta permite comprobar que sólo se trató de falsa modestia, de una cuidada advertencia, con miras al próximo proceso electoral, y de una reedición de la bien aprendida estrategia permanente de preservar y acumular poder, que el fundador del movimiento peronista dejó en su Manual de Conducción Política, como bien lo señala el sociólogo y estudioso del gremialismo peronista Juan Carlos Torre.

En verdad, aquella frase fue entonces toda una advertencia para toda la dirigencia política, representada por Néstor y Cristina Kirchner. No resulta difícil entender, entonces, por qué buena parte de las preocupaciones, interrogantes, desvelos y pesadillas de los candidatos presidenciales tienen el rostro de Hugo Moyano y sus compañeros de ruta.