El filósofo suizo Johann Kaspar Lavater (1741-1801) decía: "Si quieres ser sabio, aprende a interrogar razonablemente, a escuchar con atención, a responder serenamente y a callar cuando no tengas nada que decir", mientras que mucho antes, el griego Aristóteles (384 AC-322 AC) afirmaba: "El ignorante afirma, el sabio duda y reflexiona". Y más atrás aún, el filósofo chino Lao-Tsé (570 AC-490 AC) sostenía: "El sabio no enseña con palabras, sino con actos".
Como la mayoría de los hombres de ciencia, tuvo un perfil bajo y transcurrió la mayor parte de su vida detrás de sus investigaciones. Las generaciones posteriores comenzaron a llamarlo sabio, y sin duda, Miguel Lillo (31/7/1862-4/5/1931) lo era. Ayer se recordaron ocho décadas de la muerte del destacado comprovinciano de humilde origen. En una carta al naturalista argentino Cristóbal María Hicken (1875-1933), que estaba preparando una obra sobre el desarrollo histórico de la botánica en la Argentina, fechada el 31 de agosto de 1920, Lillo cuenta que su abuelo era un pobre español que vino a América a pelear en el ejército del rey de España en las luchas por la Independencia. Fue tomado prisionero en el sitio de Montevideo y enviado a esta tierra donde se aquerenció. Sus padres murieron antes de que él cumpliera los tres años y fue criado por dos tías.
"Me he criado en el campo, en medio de matorrales y bosques. Las lecturas infantiles de viajes y las novelas como las de Julio Verne también me ayudaron. Pero mi iniciación en la Historia Natural de la Argentina la hice con la conocida obra de Napp, La República Argentina. Las primeras colecciones de plantas las hice tomando como modelo un hermoso herbario de plantas europeas que poseía el Colegio Nacional desde la presidencia de Sarmiento, cuando Avellaneda era ministro de Instrucción Pública. Ese valioso herbario, que tenía como 4.000 especies perfectamente clasificadas, fue tirado a la basura sin contemplación para poder utilizar el armario en el que estaba, para guardar algo referente a ejercicios físicos", escribió. Cuenta que jamás recibió ayuda oficial para sus estudios botánicos. A esa fecha, calculaba que en su herbario tenía 10.000 especies de plantas.
Fue director de la Oficina Química Provincial a partir de 1892, cargo que ocupó durante casi 40 años. En 1897 realizó un viaje de estudios a Europa y en 1905, la Facultad de Ciencias Físicas y Naturales de La Plata le concedió el título en Química. En 1914, al inaugurarse la Universidad, fue designado integrante del Consejo Superior y catedrático de la casa. Con el correr de los años, recibió importantes distinciones, tales como el doctorado honoris causa de la Universidad de La Plata; fue miembro de la Academia Nacional de Ciencias de Córdoba, de la Sociedad Astronómica de Francia y le otorgaron la Medalla Científica Internacional de la Academia de Le Mans. Poco antes de morir, Lillo resolvió donar a la Universidad Nacional de Tucumán sus colecciones botánicas y zoológicas, su biblioteca y la propiedad en que se hallaban. Puso como condición que ese patrimonio fuera administrado por una comisión asesora vitalicia.
El año pasado se reinauguró el Museo Miguel Lillo de Ciencias Naturales. En su moderna transformación, se invirtieron $ 3,5 millones, según precisó el titular de la Fundación Lillo.
Los tucumanos debemos sentirnos orgullosos de Miguel Lillo, no sólo por su labor científica, sino también por su humildad y generosidad. Se debería estudiar con mayor profundidad su figura que es desconocida para muchos comprovincianos y un buen modo es visitar el museo que lleva su nombre. Lillo, que vivió 68 años, habló con sus actos, algo que debería aprender una buena parte de nuestra clase dirigente. No es casual que hayan sido los científicos y los intelectuales quienes hayan hecho trascender Tucumán en otras geografías.